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Capítulo 23: Los planes de la Abuela

Farah

Alaric conducía con una concentración que rozaba lo excesivo. Sus manos apretaban el volante de cuero con firmeza y, aunque mantenía la vista en la carretera que serpenteaba hacia las afueras de la ciudad, su mente seguía atrapada en los pasillos de la universidad. Todavía podía sentir cómo me miró cuando lo desafié frente a cientos de personas, esa descarga de electricidad cuando me vio brillar con luz propia, tan independiente de su apellido y de su dinero.

Por mi parte, miraba por la ventana cómo el gris del cemento era reemplazado por el verde intenso de los campos. El silencio en el coche no era incómodo; era espeso, cargado de las palabras que no nos habíamos dicho después de la conferencia. El flechazo intelectual que había sentido me seguía quemando el pecho, y cada vez que Alaric cambiaba de marcha y su brazo rozaba accidentalmente mi rodilla, una corriente me sacudía entera.

—¿Crees que sea algo grave? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio—. Lo de tu abuela, digo.

Alaric soltó un suspiro corto.

—Con Vittoria nunca se sabe, Bourne. Es una mujer que sobrevivió a tres crisis financieras y a dos maridos tercos. Pero sus mensajes sonaban... inusualmente frágiles. Y si ella pide que vayamos a la casa de campo en lugar de a su residencia de la ciudad, es porque busca tranquilidad. O porque está tramando algo.

—Eres un cínico. Es tu abuela, Alaric. Quizás solo extraña a su nieto —dije, aunque en el fondo sabía que la familia Grimaldi no hacía nada por simple sentimentalismo.

—Extrañar es una palabra muy emocional para una mujer que lee el Financial Times antes del desayuno —replicó él, aunque aceleró un poco más el paso.

La propiedad de Vittoria Grimaldi era un oasis de piedra y madera escondido entre colinas. No tenía la frialdad moderna de la mansión de Alaric; esta casa exhalaba historia, con enredaderas que trepaban por los muros y un aroma a lavanda y leña que inundaba el aire.

Cuando bajamos del coche, Vittoria nos esperaba en el porche, sentada en una mecedora de mimbre. Se veía pequeña, envuelta en un chal de seda italiana, con una taza de té que temblaba ligeramente en sus manos. Era una mujer de mundo, con el cabello perfectamente canoso y unos ojos azules que, a pesar de su supuesta debilidad, conservaban un brillo de inteligencia afilada.

—¡Oh, mis niños! —exclamó con una voz quebrada que hizo que yo corriera hacia ella—. Han llegado. Pensé que el camino se los habría tragado.

—Abuela, ¿cómo estás? —preguntó Alaric, acercándose para darle un beso en la frente. Su tono era brusco, pero la forma en que le acomodó el chal delataba su preocupación.

—Ay, Alaric... los años no pasan en vano. Me desperté con un mareo terrible y un dolor aquí, en el costado del alma —dijo Vittoria, llevándose una mano al pecho—. El médico dice que es agotamiento, que no debo estar sola ni un minuto esta semana. El servicio está de vacaciones, solo queda el viejo jardinero... No sé qué haría si me pasara algo a mitad de la noche.

Con mi corazón blando y mi respeto por los mayores, no tardé ni un segundo en caer en la red.

—No se preocupe, abuela. Nos quedaremos. Alaric puede trabajar desde aquí y yo tengo mi informe de la consultora. No la dejaremos sola.

Alaric arqueó una ceja y miró a su abuela, quien le devolvió una mirada de pobre anciana indefensa.

—¿Una semana, abuela? Tengo reuniones en la ciudad.

—La tecnología es maravillosa, Alaric —respondió ella con una sonrisa débil—. Usa ese aparato con el que siempre estás. ¿O es que el dinero es más importante que la última voluntad de una anciana que te daba dulces a escondidas de tu padre?

—No es tu última voluntad, no exageres —gruñó Alaric, pero le di un codazo discreto—. Está bien. Nos quedamos. Pero no quiero quejas si tengo que hablar por teléfono todo el día.

Vittoria llamó a una enfermera que, casualmente, pasaba por allí para ayudarla a entrar.

—Vayan a descansar un poco, el viaje fue largo. Les he preparado la habitación del ala este. Es la más cálida.

Alaric y yo subimos las escaleras cargando las maletas. Al entrar en la habitación, ambos nos quedamos petrificados en el umbral.

El ala este no era una habitación cualquiera. Era una suite nupcial antigua, decorada con maderas nobles y cortinas de terciopelo. Pero lo que dominaba el espacio era la cama: una estructura matrimonial inmensa, de roble tallado, que parecía un continente en medio del mar de la alfombra persa.

—¿Dónde está la otra cama? —pregunté, escaneando el lugar—. Tu abuela dijo que las otras habitaciones estaban...

—... en mantenimiento por una fuga de agua, seguramente —completó Alaric, cerrando la puerta con el pie—. Es el truco más viejo del manual de Vittoria Grimaldi. Nos ha encerrado.

Caminé hacia la cama y la presioné con la mano. Era mullida, acogedora y peligrosamente romántica.

—Alaric, no podemos dormir aquí los dos. Es decir, somos adultos, pero... es una sola cama.

Alaric dejó las maletas en el suelo y se aflojó el primer botón de la camisa. El estrés del viaje y de la conferencia empezaba a pasarle factura, pero tenernos en ese espacio tan íntimo lo ponía más tenso que cualquier cierre de mercado.

—Escucha, Bourne —dijo, volviendo a su tono terco y racional—. La casa está llena de polvo en las otras áreas. No voy a dejar que duermas en un sofá y que mañana te duela la espalda y no puedas terminar tu informe. Somos dos profesionales bajo un contrato. Una cama es solo una superficie de descanso. Divide el territorio si te hace sentir más segura.

—¿Dividir el territorio? ¿Vas a poner una frontera de almohadas? —reí, tratando de aliviar la tensión—. Qué maduro de tu parte, Grimaldi.

—Es una solución logística —replicó él, aunque sus ojos no podían evitar bajar hacia mis labios—. Yo me quedo en el lado izquierdo. Si cruzas la línea, te cobraré una multa por invasión de propiedad privada.

Me senté en el borde del colchón, mirándolo. A pesar de sus palabras frías, se había tomado el trabajo de poner mi maleta en el soporte más cercano al armario y me había dejado el lado de la cama con la lámpara de lectura más potente, sabiendo que solía leer hasta tarde.

—Siempre tienes una excusa para todo —susurré—. "Invasión de propiedad", "optimización de descanso"... ¿Alguna vez haces algo simplemente porque quieres ser amable?

Alaric se detuvo mientras se quitaba el reloj. Se acercó a mí, quedando a pocos centímetros. El aroma a sándalo de su piel y la luz tenue de la tarde creaban una atmósfera embriagadora.

—La amabilidad es subjetiva, Farah —dijo con la voz más grave—. Yo prefiero los hechos. Y el hecho es que estás aquí, conmigo, y que mi abuela es una estratega mejor que yo. No luches contra la realidad. Es ineficiente.

Sentí que el flechazo de la tarde se transformaba en algo mucho más profundo. La tensión entre los dos era tan alta que casi podía oír las chispas. Le devolví la mirada, con un desafío divertido en los ojos.

—Está bien, acepto el trato. Pero si roncas, Alaric, te echaré de tu propiedad privada sin previo aviso.

—Yo no ronco —sentenció él, dándose la vuelta para ocultar una sonrisa—. Duermo con la misma precisión con la que vivo.

Bajamos a cenar una hora después. Vittoria, milagrosamente recuperada para la hora de la comida, nos había preparado un festín de comida casera. No había chef de cinco estrellas, sino platos que recordaban a la infancia y al hogar.

Durante la cena, Vittoria no paraba de hacer preguntas inocentes que provocaban que Alaric torciera los ojos y que yo riera; me la estaba pasando de maravilla.

—¿Y cómo va la convivencia en la ciudad? Alaric siempre fue un niño muy ordenado, casi aburrido. Espero que tú le estés dando un poco de color a su vida gris, Farah.

—Oh, lo intento, abuela —respondí, dándole un sorbo al vino—. Pero él insiste en que el color es una distracción para el rendimiento.

Alaric no decía mucho, pero yo notaba cada uno de sus actos. Cada vez que necesitaba algo, él se adelantaba: me pasó la sal antes de que la pidiera, movió la jarra de agua más cerca de mi mano e incluso, cuando notó que el aire fresco de la tarde entraba por la ventana y que yo me frotaba discretamente los brazos por el frío, se levantó sin decir una palabra y cerró los ventanales que estaban a mis espaldas.

—¿Tienes calor, Alaric? —preguntó Vittoria con malicia, notando el gesto.

—No, solo me molestaba el ruido de los grillos —mintió él, volviendo a sentarse con su cara de piedra.

Sonreí para mis adentros. Ese era el cuidado invisible de Alaric.

When finalmente regresamos a la habitación, la realidad de la cama única nos golpeó de nuevo. Alaric se fue a cambiar al vestidor y, cuando salió, llevaba unos pantalones de pijama oscuros y una camiseta que marcaba sus hombros anchos. Yo ya estaba bajo las sábanas, leyendo unos documentos de mi nuevo empleo.

Alaric se metió en su lado de la cama, manteniendo una distancia prudencial que parecía una tierra de nadie. El silencio era total, solo roto por el rasgar de mis hojas al pasar.

—¿Sigues trabajando? —preguntó él, mirando al techo.

—Tengo que entregar esto mañana. Quiero demostrar que puedo manejar este volumen de datos sola.

Alaric se giró de lado para mirarme. La luz de la lámpara iluminaba mi rostro y supe que me observaba con atención.

—Lo sé. Lo vi hoy en la universidad. Tienes una mente capaz de desarmar cualquier mercado, Bourne. No necesitas demostrarle nada a nadie, y mucho menos a un idiota como Elián o a una manipuladora como Ana.

Cerré mi carpeta y lo miré. Sus palabras, aunque directas, eran el mayor cumplido que me habían hecho nunca.

—Gracias, Alaric. Eso significa mucho viniendo de ti.

Nos quedamos mirándonos a los ojos por un momento eterno. La cama matrimonial, que antes parecía una amenaza, ahora se sentía como un refugio. Alaric extendió la mano, como si fuera a acariciarme el rostro, pero se detuvo a medio camino y simplemente acomodó el mechón de pelo que me caía sobre los ojos.

—Apaga la luz, Farah —dijo con voz ronca—. Mañana será un día largo. La abuela seguro tiene planeado que hagamos senderismo o alguna tortura campestre similar.

—Buenas noches, Alaric.

—Buenas noches, doctora.

Apagué la luz. En la oscuridad, sentí el calor de su cuerpo al otro lado de la cama. Sabía que el contrato seguía ahí, en algún cajón de la oficina, pero esa noche, rodeada por el aroma de los pinos y el silencio del campo, me di cuenta de que lo que sentía por el hombre terco que dormía a mi lado no tenía absolutamente nada que ver con los negocios.

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