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Capítulo 24: El muro de almohadas

Farah

La oscuridad en la habitación de la casa de campo de Vittoria no era como la de la ciudad. Aquí, el silencio era tan profundo que se podía escuchar el crujido de la madera antigua y el susurro del viento entre los sauces. Pero dentro de la suite matrimonial, el aire estaba cargado de una electricidad que nada tenía que ver con el clima.

Farah estaba acostada boca arriba, con las mantas tiradas hasta la barbilla. A su lado, a una distancia que parecía calculada con un nivel láser, yo yacía en una posición similar. En medio de ambos, una hilera de cuatro almohadas de plumas formaba una frontera improvisada.

—¿Estás dormida, Bourne? —mi voz rompió el silencio. Sonaba profunda, un poco más áspera de lo habitual.

—Es difícil dormir cuando siento que estoy compartiendo colchón con una estatua de mármol —respondió Farah, girándose un poco hacia el muro de almohadas—. ¿Por qué estás tan rígido? Ni que fuera a morderte.

—No estoy rígido. Estoy optimizando el espacio —repliqué con mi terquedad característica—. Además, esta cama es excesivamente blanda. No entiendo cómo la columna de mi abuela sobrevive a esto.

—Es una cama para descansar, Alaric, no para hacer una auditoría financiera. Deberías relajarte.

Hubo un silencio largo. Supuse que ella daría la conversación por terminada, pero acomodé las sábanas y cambié de posición.

—No es fácil relajarse cuando tienes a una doctora en análisis de datos juzgando tu postura en la oscuridad —dije. Aunque mis palabras eran defensivas, el tono me salió inusualmente suave, casi divertido.

La conversación empezó a fluir de una manera que nunca ocurría a la luz del día. Sin el contacto visual, sentí que mis defensas bajaban un poco, como si la oscuridad fuera el único lugar donde podía permitirme no ser el Gran Grimaldi.

—Mi padre solía decir que dormir era para los que no tenían metas —comenté de repente—. Crecí viéndolo trabajar hasta las tres de la mañana. Para él, yo no era un hijo, era un sucesor en entrenamiento. Cada nota en la escuela, cada deporte, cada decisión... todo tenía que ser perfecto para no manchar el apellido.

Farah se quedó quieta, escuchando. Era la primera vez que le mencionaba mi infancia de forma tan personal.

—Debe haber sido agotador —susurró ella—. Crecer bajo una sombra tan grande.

—Lo fue. Por eso dejé la empresa familiar. Todos pensaron que era un capricho, pero solo quería tener algo que fuera mío, donde mi nombre no fuera una herencia, sino algo que yo construyera desde cero. Ser un Grimaldi es como vivir en una vitrina constante.

Sentí que a ella la invadía una punzada de empatía. Estiró la mano y tocó una de las almohadas del muro.

—Te entiendo —dijo ella—. Mi miedo es parecido, pero al revés. Ahora que estoy contigo, bajo este contrato, la gente empieza a me verme solo como "la esposa de Alaric". Hoy en la universidad, por un momento, temí que mi brillantez solo fuera valorada porque tú me diste el paso. Tengo miedo de perder mi nombre, de que Farah Bourne desaparezca y solo quede una sombra elegante a tu lado.

Me giré en la oscuridad. Ella no podía verme, pero mantuve la mirada fija en ella.

—Nadie que te haya escuchado hablar hoy pensaría que eres una sombra, Farah. Eres un incendio forestal. Mi apellido es el que debería tener miedo de ser consumido por ti.

Note que Farah sonreía en la penumbra. El cumplido, dicho a mi manera, pareció calarle hondo. Por un momento, el muro de almohadas pareció desaparecer entre los dos.

Mientras tanto, en la ciudad, el ambiente para mi amigo Ronan era de pura desesperación.

Alina se había despertado en su cama con el corazón en la garganta. La noche anterior había sido demasiado perfecta, y eso era precisamente lo que la aterraba. Mientras veía a Ronan dormir, la lógica fría de su realidad la golpeó: ella no pertenecía a ese mundo de sábanas de seda y desayunos de hotel. Para un hombre como él, pensaba que solo era una anécdota divertida, una chica de barrio con la que pasar el rato. Convencida de que solo coleccionaba mujeres como quien junta coches de lujo, se vistió a toda prisa, se tragó las lágrimas y desapareció sin dejar una nota.

Cuando Ronan despertó y encontró el lado de la cama frío, sintió un vacío desconocido. No era el fastidio de un hombre despechado; era una preocupación genuina que le quemaba el pecho. Ronan, que siempre tenía una respuesta para todo, se dio cuenta de que no sabía nada de Alina, aparte de su nombre y su lealtad hacia Farah.

Movió sus contactos, buscó direcciones y, tras horas de frustración, terminó en un callejón estrecho de un barrio humilde en las afueras. Las casas eran pequeñas, con la pintura desconchada, pero bien cuidadas. Bajó de su coche deportivo, que se veía absurdamente fuera de lugar, y caminó hacia la dirección que le habían dado. Al asomarse por una ventana baja, se detuvo en seco.

Allí estaba Alina. No llevaba el vestido azul eléctrico de la fiesta ni el aura de chica dura que siempre mostraba. Llevaba un delantal gastado y el pelo recogido en un moño desordenado. Estaba ayudando a una mujer mayor a sentarse en un sillón, acomodándole las mantas con una ternura infinita y dándole de comer una sopa caliente con paciencia.

Ronan vio la humildad del lugar, el espacio reducido, los medicamentos sobre la mesa, el esfuerzo evidente por mantener la dignidad en medio de la escasez. Comprendió en un segundo por qué ella huía de él. Alina no solo se cuidaba a sí misma; era el pilar de un mundo que él nunca había tenido que imaginar. Se quedó allí, oculto en las sombras del pasillo, sintiendo que su propio mundo de lujos era, por primera vez, algo vacío. Ya no quería buscarla para reclamarle su huida; quería entender cómo alguien podía tener tanto corazón en un lugar tan pequeño.

De vuelta en la casa de mi abuela, la conversación entre Farah y yo había tomado un giro más ligero, pero no menos intenso.

—Así que... ¿invasión de propiedad privada, eh? —dijo Farah, moviendo un poco una de las almohadas centrales—. ¿Qué pasa si mis pies cruzan la frontera por accidente?

—Te cobraré intereses por el uso del suelo —respondí, y sospechó que yo estaba sonriendo—. Pero como soy un hombre de negocios razonable, hoy podrías obtener una exención de impuestos.

—¿Ah, sí? ¿Y a qué se debe tanta generosidad, señor Grimaldi?

—A que... —dudé un segundo, buscando las palabras exactas—. A que me gusta que estés aquí. No por el contrato, no por la abuela. Simplemente... es más eficiente dormir cuando sé que no estás enojada conmigo.

Farah soltó una risita suave y, con un movimiento decidido, quitó la almohada que estaba entre nuestros rostros. Ahora solo quedaba un espacio mínimo entre los dos. El calor de su presencia me resultaba magnético.

—Yo también me alegro de estar aquí, Alaric. Aunque seas un terco y un obsesivo de la lógica.

—Soy un hombre de principios, Bourne. No lo confundas.

—Como digas —susurró, cerrando los ojos.

El silencio volvió a reinar, pero esta vez se sentía pacífico. Antes de que se quedara completamente dormida, extendí la mano y, con una suavidad que rara vez me permitía, le rozé el hombro. Bajé los dedos hasta su mano y la apreté apenas un segundo antes de soltarla.

Fue un gesto rápido e invisible en las sombras, pero contundente. Estaba allí para protegerla, cuidando su descanso sin que tuviera que pedirlo.

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