Mundo ficciónIniciar sesiónAlaric
Farah cruzó el umbral de la mansión con los hombros caídos y el alma por el suelo. El chantaje de Henderson era una jugada quirúrgica. Si ella recurría a mí, se arriesgaba a que yo pensara que solo me buscaba para salvar su pellejo. Si no lo hacía, su carrera moriría antes de ver la luz. El silencio en la casa era sepulcral, espeso. La escuché dirigirse a mi estudio, buscando tal vez al hombre que la había cubierto con una manta la noche anterior, pero al abrir la puerta, la atmósfera que le ofrecí fue absolutamente gélida.
Estaba sentado tras mi escritorio, rodeado por los documentos del matrimonio y las cláusulas de nuestro contrato. No dejé rastro de la suavidad de las últimas horas. Necesitaba mi armadura.
—El decano me llamó —dije sin levantar la vista ni mirarla directamente—. Tu defensa es el lunes. Finalmente tienes lo que querías.
Se quedó paralizada en el umbral, aferrando su bolso como si llevara una bomba dentro. Supe que ahí guardaba el sobre de las fotos. Quería explicarse, quería romper el hielo, pero mi tono de voz erigió un muro infranqueable.
—Pareces poco animada para alguien que consiguió su sueño —continué, girando la silla para clavarle una mirada helada—. O quizás es que, ahora que ya tienes el título, el contrato te parece una carga.
—No es eso, Alaric. Yo...
—Henderson me llamó hace diez minutos —la interrumpí bruscamente, viéndola dar un paso atrás como si le hubiera asestado un golpe—. Me dijo que estás "muy preocupada" por unas fotos. Que temes por tu reputación profesional.
Vi cómo se le rompía la mirada. Me quemaba el pecho, pero el cinismo pudo más: mi mente paranoica no podía evitar sospechar si no me estaba utilizando.
—Me pregunto... —me levanté y caminé hacia ella con una lentitud peligrosa—. ¿Viniste aquí a decirme que este matrimonio significa algo para ti, o a pedirme que compre el silencio de Henderson para que tu diploma siga pareciendo impecable?
—¿Eso es lo que crees de mí? —preguntó con la voz vibrando de indignación—. ¿Crees que soy tan pequeña como para usarte de esa manera?
—Solo sigo la lógica, Bourne. Eres una mujer racional e independiente. Y una mujer racional sabe que mi poder es lo único que te separa del fracaso ahora mismo. Henderson cree que me vas a suplicar ayuda. Y yo empiezo a pensar que tu agradecimiento de anoche no fue más que una actuación muy bien ejecutada para asegurar tu futuro.
Me incliné hacia ella, invadiendo su espacio, dejando que la amargura de mis propios fantasmas envenenara el aire.
—Si quieres que destruya a Henderson definitivamente y borre esas fotos, lo haré. Pero el precio no será dinero, Farah. El precio será que admitas que, sin mí, tu preciada independencia no vale nada. Que admitas que me necesitas para ser alguien.
Farah me sostuvo la mirada, buscando en mí al hombre que le había acariciado el pelo horas atrás, pero me aseguré de no dejarlo ver. Ante ella solo quedaba el ejecutivo que no confiaba en nadie, el hombre que prefería herir antes de arriesgarse a ser herido.
—No necesito que me compres nada, Alaric —dijo con una dignidad implacable que me desarmó por dentro—. Ni mi título, ni mi silencio. Si crees que mi integridad se puede vender, es que nunca te has molestado en conocerme de verdad.
Noté el nudo en su garganta, pero no dio un solo paso atrás.
—Quédate con tus papeles y tu poder. Al parecer, el contrato es el único tipo de vínculo que eres capaz de entender. Yo defenderé mi tesis el lunes, con o sin fotos, porque lo que tengo en la cabeza lo puse yo, no tu billetera.
Se giró para salir, pero el pánico de verla marchar desnudó una vulnerabilidad que intenté enmascarar tras un último golpe de cinismo.
—Henderson no solo tiene fotos tuyas, Farah —solté, y mi propia voz me sonó extrañamente distante, hueca—. Él sabe que el contrato tiene una fecha de vencimiento. Y sabe que si te destruye a ti, me destruye a mí ante la junta de la empresa.
No respondió. Cruzó la puerta y la cerró tras de sí, dejándome completamente solo en la penumbra.
Apreté el vaso de cristal que tenía en la mano hasta que las venas se me marcaron bajo la piel y los nudillos se me pusieron blancos. Por fuera era el ganador, el magnate que lo controlaba todo, pero por dentro sabía que acababa de destrozar la única luz que iluminaba esta casa vacía.
Ambos estábamos atrapados: ella en una red de chantajes y yo en mi propia incapacidad de creer que alguien pudiera quererme sin un cheque de por medio. El lunes sería el día del juicio, no solo para su carrera, sino para el frágil hilo que aún nos mantenía unidos.







