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Capítulo 18: El precio de un título

Farah

El estrés terminó por quebrar mi resistencia. Sabiendo que Alaric estaba fuera en un viaje de negocios, me senté en la alfombra de la biblioteca con una copa de vino. El alcohol me soltó el llanto y, con las manos temblorosas, marqué el número de Alina.

—¡Es un parásito, Alina! —sollocé, sintiendo que el pecho me daba un vuelco—. Me usó por años y ahora quiere que le robe información a Alaric. ¡No puedo traicionar a la única persona que me ha cuidado!

—¡Farah, cuéntale a Alaric! —me gritó Alina desde el otro lado de la línea—. Él tiene el poder para aplastar a ese profesor en diez minutos.

—¡No puedo! —me abracé las rodillas, encogiéndome sobre la alfombra—. Si le pido ayuda, confirmaré lo que todos piensan: que soy una oportunista que se casó por interés. Quiero ser doctora por mi esfuerzo, no porque mi "marido" me compró el título. Prefiero ser una desempleada con integridad que una ladrona.

Alina guardó silencio un momento.

—Él te importa de verdad, ¿no?

No respondí; solo lloré más fuerte, ahogada en mi propia impotencia. Lo que no sabía era que Alaric había vuelto antes de tiempo. Estaba de pie en el umbral de la puerta, escuchando cada una de mis palabras, observándome en silencio mientras yo me desmoronaba.

Al despertar a la mañana siguiente con la luz del sol colándose por los ventanales, noté que ya no estaba en la alfombra. Alguien me había cubierto con una manta de cachemira que olía a sándalo. Sobre la mesa de centro, había una nota escrita con su letra firme y elegante:

“El profesor Henderson ya no es un problema para tu carrera. El lunes es tu defensa de tesis. Prepárate. Y por favor, Bourne, no vuelvas a beber sola. No puedes defenderte de nada cuando estás ebria.”

Leí la nota tres veces. Corrí de inmediato al estudio de Alaric y lo encontré revisando documentos con una tranquilidad absoluta, como si nada hubiera pasado.

—¿Qué hiciste? —pregunté, dejando la nota sobre el escritorio—. Yo tenía un plan. Iba a denunciarlo yo misma.

Alaric levantó la vista con esa calma exasperante que tanto me irritaba.

—Tu plan era un suicidio profesional, Farah. Él tiene amigos en la junta directiva; tú solo tenías papeles viejos. Yo tengo pruebas de sus cuentas sucias. Fue una negociación rápida: él renuncia, tú te gradúas. Fin.

—¡No era así como quería ganar! —le grité, sintiendo que la rabia y el orgullo me quemaban por dentro—. ¡Ahora le debo mi carrera al hombre del contrato! Me quitaste la oportunidad de valerme por mí misma.

Alaric se puso de pie, acortando la distancia entre los dos hasta que tuve que alzar la vista para sostenerle la mirada.

—A veces, ser inteligente significa dejar que el que tiene el arma más grande dispare primero —susurró, con una voz rasgada que me erizó la piel—. No me debes nada, Farah. Lo hice porque no soporto ver cómo ensucian lo único limpio que hay en esta casa: tu integridad.

Por un instante, me acarició el pelo con una suavidad que me dejó sin aliento, deshaciendo cualquier defensa que me quedara.

—Ahora, ve a estudiar. Tienes una tesis que defender, doctora.

Salí del estudio con las piernas temblando. Estaba a salvo de la extorsión, pero me sentía atrapada por algo mucho más peligroso que cualquier acuerdo firmado: los sentimientos que Alaric estaba despertando en mí.

Sin embargo, la calma duró poco. Al día siguiente, mientras caminaba por el campus, una figura desaliñada salió de entre las sombras del pasillo. Era Henderson, con la corbata suelta y los ojos inyectados en sangre por la rabia.

—¿Crees que ganaste? —siseó, cortándome el paso—. Grimaldi me destruyó, pero no me iré solo al abismo.

Henderson sacó un sobre y me mostró varias fotos nítidas: en unas aparecía yo entrando a la mansión a medianoche y, en otras, Alaric me abrazaba contra él.

—Si no haces que retire los cargos, estas fotos llegarán al comité de ética mañana —amenazó con una sonrisa torcida—. Serás "la mujer que pagó su título en la cama de un magnate". Nadie creerá en tu inteligencia, Farah. Serás solo una mentira.

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