Mundo de ficçãoIniciar sessãoFarah
Mientras yo me encontraba a kilómetros de allí, atrapada en mi propia tormenta personal, la noche en el gran salón del hotel Hilton transcurría entre lámparas de cristal y el murmullo de fortunas heredadas. El aire olía a perfumes caros y a secretos bien guardados. Alina me contó más tarde cómo se ajustó el escote de su vestido azul eléctrico, sintiendo que cada mirada en ese lugar la escaneaba como si fuera un error en el sistema. Ella no pertenecía a ese mundo de pactos de sangre y apellidos compuestos; era la amiga que me ayudaba a mantener los pies en la tierra mientras mi vida se convertía en un romance de película.
—Vaya, vaya... si es la guardiana de los secretos de la doctora Bourne.
Una voz arrastrada y peligrosamente divertida la hizo girarse. Era Ronan, el mejor amigo de Alaric, quien llevaba el esmoquin con una flojera elegante que insultaba a los sastres.
—Y si es el bufón de la corte de Grimaldi —replicó Alina—. ¿No deberías estar en alguna esquina calculando cuánto valen las almas de los presentes?
Ronan soltó una carcajada y dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal, haciendo que a Alina se le acelerara el pulso.
—Ese vestido te queda casi tan bien como tu actitud defensiva, Alina. Te hace resaltar entre tanta gente aburrida. ¿O es que Farah te envió aquí para espiarme?
—Farah tiene problemas reales, Ronan. No como tú, que pareces sufrir porque el champán no está a la temperatura exacta de tu ego.
Estaban a punto de discutir cuando una mujer rubia, vestida con un traje carísimo, se abalanzó sobre Ronan, ignorando a Alina por completo.
—¡Ronan, querido! Vamos a la terraza, es más... privado —dijo la mujer, colgándose de su cuello.
Alina vio el fastidio en los ojos de Ronan. Sin pensarlo, impulsada por un instinto de travesura, dio un paso al frente y pasó su brazo con firmeza por la cintura de él.
—Lo siento mucho, querida —le dijo a la rubia con una sonrisa falsa—, pero este hombre está ocupado conmigo. Y no tenemos intención de hablar de negocios.
Antes de que Ronan pudiera reaccionar, Alina se empinó y le plantó un beso sonoro en la mejilla, dejando una marca de labial carmesí. La mujer se alejó indignada y Ronan se quedó mudo.
—¿Qué fue eso? —preguntó él, pero no se apartó. Al contrario, su mano se cerró sobre la cintura de Alina.
—Un servicio comunitario —respondió ella, tratando de sonar valiente—. Ahora estamos a mano, cínico.
Alina intentó separarse, pero Ronan la mantuvo pegada a él. El ambiente divertido cambió de golpe y el aire entre ambos comenzó a arder. Ronan se inclinó hasta que sus narices se rozaron.
—Me gusta tu estilo, Alina. Pero la próxima vez que intentes marcar territorio, que el beso no sea en la mejilla. Me sabe a poco.
Ronan no esperó y la besó con una intensidad que le robó el aliento. Fue un choque de voluntades, una mezcla de la rabia que se tenían y la atracción que llevaban semanas guardando. Cuando se separaron, ambos estaban agitados.
—Tengo una habitación reservada en este hotel —murmuró él contra su oído—. Y ahora mismo, lo que siento por ti es una emergencia. ¿Subes conmigo o vas a seguir fingiendo?
Mientras Alina se perdía en ese laberinto de sensaciones en el Hilton, yo vivía una pesadilla completamente distinta en la Universidad Metropolitana. El aire en el despacho del Profesor Henderson se sentía espeso, casi insoportable.
—Entiéndelo, Farah —dijo Henderson, cerrando la puerta con un chasquido definitivo—. Los datos de Grimaldi sobre flujos de capital son lo que me falta para mi libro. Si los consigues, tu tesis se aprueba mañana mismo.
Sentí un asco profundo recorriéndome la garganta. Henderson había sido mi mentor, la persona en la que había confiado mi futuro académico, pero en ese instante no era más que un extorsionador.
—Eso es espionaje, profesor —respondí, encarándolo con la barbilla en alto—. Es patético que necesite robar a una alumna para publicar algo decente.
—No seas ingenua. Estás a un clic de ser doctora. Un par de archivos de la mansión Grimaldi y nadie se daría cuenta. Tienes hasta el viernes. Si no, consideraré que tu tesis tiene fallas éticas y tu carrera terminará antes de empezar.
Salí de su oficina sintiéndome diminuta, aplastada por la impunidad con la que usaba su poder. Regresé a la mansión de Alaric caminando por los pasillos de mármol como si fuera una verdadera impostora. Yo quería ganar por mi propia capacidad, no convertirme en una ladrona ni ser el peón de un chantajista.
Me encerré en la biblioteca y, en lugar de buscar los documentos de Alaric, empecé a reunir de forma frenética todas las pruebas que tenía sobre los abusos y plagios anteriores de Henderson. Estaba dispuesta a denunciarlo públicamente, aunque eso significara perder mi beca y destruir mi reputación.
—Si voy a caer, lo haré peleando —me dije a mí misma en un susurro amargo, mientras las primeras lágrimas de rabia y frustración comenzaban a rodar por mis mejillas.







