Mundo ficciónIniciar sesiónAlaric
La biblioteca de la facultad solía ser el refugio de Farah, el único lugar donde sus gráficas de volatilidad y sus modelos econométricos lograban silenciar el ruido de su vida personal. Pero esa noche, mientras observaba desde la sombra de mi coche la penumbra del estacionamiento casi vacío, supe que el silencio le resultaría hostil. Las sombras de los árboles se proyectaban sobre el pavimento como dedos alargados, y el frío de la noche chilena se colaba por las rendijas del habitáculo.
—No bajes la guardia —le había advertido esa misma mañana en la cocina de la mansión.
Ella lo había descartado con esa suficiencia académica que tanto me irritaba y fascinaba a la vez. Pero allí estaba, sola en la penumbra del campus, apretando sus libros contra el pecho ante el menor crujido de las hojas.
De pronto, un chirrido de neumáticos a baja velocidad rompió la calma. Un sedán gris, abollado y con un faro roto, avanzó a su par. No necesité ver la matrícula para reconocer al parásito. El cristal bajó y el hedor a alcohol barato y resentimiento acumulado pareció contaminar el aire limpio de la noche.
—¡Farah! —gritó Elián, arrastrando las palabras con la agresividad patética de quien bebe para enmascarar su propia cobardía—. ¿Crees que eres mucho por estar con él? ¡Solo eres su juguete nuevo, Farah! Una distracción de lujo.
Farah aceleró el paso con la barbilla en alto, aunque noté la rigidez de su espalda.
—Vete a casa, Elián. Estás borracho y das lástima. No hagas esto más patético de lo que ya es.
El imbecil frenó en seco, haciendo chillar las llantas, y bajó del auto tambaleándose. Su rostro, descompuesto por el alcohol, se convirtió en una máscara de rabia descontrolada. Antes de que ella pudiera reaccionar, la tomó del brazo con una tosqueza animal, hincando los dedos en la carne que yo había rozado con cuidado horas antes. Un gruñido sordo se me atascó en la garganta.
—¡Mírame cuando te hablo! —rugió él, acortando la distancia—. No puedes cambiar diez años por un témpano de hielo como Grimaldi. ¡Ese hombre no tiene sangre en las venas! Te está usando para lavar su imagen, o quién sabe para qué otra cosa enferma.
—¡Suéltame! —exigió Farah, forcejeando con esa terquedad e independencia que le caracterizaban—. Mi vida no te pertenece, Elián. Ni a ti, ni a él, ni a nadie. ¡Que me sueltes!
No esperé un segundo más. Hice rugir el motor del deportivo negro y salí de la oscuridad como una exhalación, clavando los frenos a escasos centímetros de las piernas de Elián. La precisión fue tan quirúrgica que el borracho saltó hacia atrás por puro instinto de supervivencia.
Bajé del coche. No me molesté en gritar. No me molesté en correr.
Caminé hacia ellos con una calma helada, consciente del peso de mi presencia. Me interpuse entre los dos, obligando a Elián a soltar a Farah simplemente al proyectar mi sombra sobre él.
—Te daré tres segundos —dije, manteniendo la voz baja, cargada de una amenaza implacable que hizo vibrar el aire—. Tres segundos para que desaparezcas de su vista antes de que me encargue personalmente de que no puedas volver a conducir ni una bicicleta en esta ciudad. Y créeme, Elián, mi concepto de encargarme es mucho más doloroso de lo que tu imaginación de borracho puede procesar.
Elián, temblando bajo el impacto combinado del alcohol y el pavor primario que le infligí, balbuceó una excusa miserable que murió en sus labios. Se arrastró hasta su sedán abollado y huyó hacia la salida, dejando un rastro de humo y vergüenza.
El silencio que siguió se volvió denso, cargado de una electricidad estática casi insoportable. Me giré hacia Farah. Estaba temblando, una reacción tardía a la descarga de adrenalina. Vi cómo mis propios puños, apretados con una fuerza capaz de fracturar huesos, se relajaban lentamente.
Entonces, cometí un error táctico. Hice algo impulsivo.
Extendí la mano y rozé su mejilla con una delicadeza que me sorprendió a mí mismo. Sentí la calidez de su piel contra mis dedos, un contraste violento con la frialdad con la que solía ejecutar mi vida. Fue un gesto instintivo, una necesidad absurda de comprobar que estaba intacta, de asegurarme de que la escoria de su pasado no la había quebrado.
—Te lo dije, Farah —susurré con la voz rasgada, la misma que me reservaba para la penumbra de la mansión—. Si tienes un problema, me llamas a mí. Siempre. No importa la hora, no importa dónde esté. No vuelvas a enfrentarte a este tipo de basura sola.
Me miró fijamente, buscando en mis ojos al hombre calculador del contrato, al tipo distante del estudio. Pero no lo encontró. En su lugar, le dejé ver a un protector feroz, alguien que había decidido tomar su seguridad como una causa personal.
—Puedo cuidarme sola, Alaric —logró articular, aunque su voz sonó frágil—. He lidiado con Elián mucho antes de que tú aparecieras con tus contratos y tus coches negros.
—Lo sé —respondí, y por un instante sentí que la dureza de mi rostro se quebraba en algo peligrosamente cercano a la admiración. Le abrí la puerta del copiloto con un gesto que combinaba caballerosidad y un dominio territorial inequívoco—. Sé que eres fuerte. Pero mientras lleves mi anillo, tu seguridad es mi única prioridad. No porque el contrato lo diga, sino porque no permito que nadie toque lo que está bajo mi protección. Sube.
El trayecto de regreso a la mansión transcurrió en absoluto silencio, pero la tensión en el habitáculo amenazaba con incendiar el aire. Cada vez que cambiaba de marcha, mi brazo rozaba el suyo, y la chispa que se encendía entre los dos se volvía cada vez más difícil de ignorar.
Al llegar, la mansión pareció perder esa frialdad de museo. Las murallas de piedra y las cámaras de seguridad dejaron de ser una jaula para convertirse en la fortaleza que la aislaba del peligro exterior.
Farah se dispuso a subir directamente a su habitación para procesar el torbellino de emociones que la desbordaba. La detuve antes de que diera un paso. La tomé de la mano, envolviendo sus dedos con una firmeza helada que la ancló al suelo.
—Mañana es la cena con mi familia —dije, acortando la distancia entre los dos hasta que su perfume se mezcló con mi aroma a sándalo y tabaco—. Olvida a Elián. No dejes que ese patético recuerdo te robe el sueño. Él ya es historia.
Tragó saliva, sosteniéndome la mirada. Estaba tan cerca que podía contar los destellos de luz en sus pupilas.
—¿Y qué debería preocuparme entonces? —preguntó en un susurro desafiante—. Si Elián es historia, ¿qué es el presente?
Me incliné hacia ella, dejando que mi aliento le rozara el oído.
—Mañana conocerás a los verdaderos monstruos, Farah. Personas que usan sonrisas para apuñalar y testamentos para destruir. En comparación con ellos, Elián es un niño jugando con cerillas. Ahora tu único problema soy yo.
No la solté de inmediato. La guie hacia la entrada, pero antes de cruzar el umbral, me detuve para recorrerla con la mirada, dejando que una sonrisa de lado —una que jamás usaría en una junta directiva— se dibujara en mis labios. Era la mirada de un hombre que reconocía la fuerza y el atractivo indomable de la mujer que tenía enfrente.
—Y una cosa más... —añadí, bajando la voz a un tono más oscuro y pausado—. El vestido que elegí para ti y que dejé sobre tu cama no es solo para impresionar a mi abuela o para que encajes en la foto familiar. Es para recordarle a mi padre que, a diferencia de él, yo siempre obtengo lo que quiero. Y lo que quiero mañana, Farah, es que nadie pueda apartar los ojos de ti. Especialmente yo.
La solté y entré en la mansión, dejándola sola en el vestíbulo. Subí la escalera hacia mi despacho, sabiendo que en su habitación encontraría el vestido. Sabía que al ponérselo aceptaría entrar en un terreno minado, pero lo que me perturbaba no era la guerra familiar de mañana, sino la certeza punzante de que esa mujer empezaba a desmontar mis defensas, cláusula por cláusula.







