Mundo ficciónIniciar sesiónAlaric
La casa de mi abuela era inmensa, fría y olía a esa mezcla rancia de madera vieja y cera para pisos que siempre me recordaba a mi infancia. Estacioné el deportivo y rodeé el vehículo para abrirle la puerta a Farah. Bajó con cuidado, tratando de no pisarse el bajo del vestido de seda esmeralda que yo mismo había seleccionado. El corte de la espalda, completamente descubierta, la hacía tiritar ligeramente bajo la llovizna de la tarde, pero acentuaba su porte con una elegancia devastadora.
Le ofrecí el brazo. Sentí mi propia postura rígida, los hombros tensos bajo la armadura de mi traje oscuro.
—No tienes que caerles bien —le dije en voz baja, ajustando la vista al frente mientras subíamos los escalones de piedra—. Solo actúa como si estuviéramos juntos en esto. Si piensan que tengo una debilidad, van a usarla.
Farah se acomodó un mechón detrás de la oreja, denotando la corriente de nerviosismo que la recorría.
—Sé cómo comportarme, Alaric. No te preocupes.
—No dudo de ti, Bourne. Dudo de ellos.
La cena se sirvió en el comedor principal, bajo un techo altísimo donde el choque de los cubiertos contra la porcelana retumbaba con una nitidez molesta. Al principio, la conversación giró en torno a lo predecible: fluctuaciones del mercado, el clima, viajes corporativos. Hasta que Beatriz, la mujer de mi padre, dejó su copa de cristal sobre la mesa y clavó sus ojos venenosos en Farah.
—Así que estás terminando un doctorado —comentó Beatriz, esbozando una sonrisa amable que jamás le llegaba a la mirada—. Finanzas, ¿verdad? Qué carrera tan intensa para una mujer. Me imagino que debes pasar el día entero encerrada en la universidad.
Noté de inmediato la sutil condescendencia en su voz. Farah, sin embargo, no se inmutó ni un milímetro.
—Es un trabajo de investigación de tiempo completo, sí. Requiere mucha disciplina.
—Qué bueno —asintió Beatriz, lanzando una mirada de reojo a mi padre—. Supongo que hoy en día las jóvenes necesitan esos títulos para abrirse puertas. En mis tiempos nos enfocábamos en otras cosas, pero claro, los tiempos cambian.
Farah tomó un sorbo de agua con una serenidad calculada. Supe en ese instante que no se dejaría amedrentar.
—Las herramientas cambian, Beatriz. Antes se dependía de un apellido; ahora preferimos depender de nuestra propia capacidad. Es más seguro.
Un silencio pesado y cortante cayó sobre la mesa. Mi padre, Enzo Grimaldi, no encontró la menor gracia en el comentario. El patriarca, un hombre de sienes plateadas y mirada tiránica, soltó el tenedor de golpe. El impacto vibró en las copas de cristal. Ni siquiera se molestó en mirar a Farah; se dirigió directamente a mí.
—Espero que este asunto de la boda no te esté quitando tiempo para la fusión con el grupo europeo, Alaric. Llevas semanas ignorando los informes de riesgo.
No parpadeé. Mantuve el rostro convertido en un bloque de piedra.
—La fusión va de acuerdo al calendario, padre. No tienes de qué preocuparte.
—Me preocupo porque te conozco —soltó Enzo, con una voz helada—. Ya has tenido errores de juicio en el pasado por dejar que tus asuntos personales interfieran con el directorio. No voy a permitir que arruines el acuerdo comercial más importante de la década por un capricho.
Sentí cómo se me tensaba la mandíbula y cómo apretaba el cuchillo debajo de la mesa con tanta fuerza que las articulaciones se me pusieron completamente blancas. Su alusión velada al pasado —a mi quiebre, a Sweeny, a mi vulnerabilidad— me atravesó como una hoja afilada. Frente a ese hombre, la fachada del magnate invencible se agrietaba, exponiendo al hijo al que nunca dejó de aplastar.
De pronto, bajo el dosel del mantel, sentí el contacto cálido de la mano de Farah. Buscó mis dedos y los apretó con una firmeza inesperada. Me sobresalté, con el impulso primario de replegarme y soltarla, pero un segundo después cerré mi mano sobre la suya, aferrándome a su agarre como si fuera mi único ancla en esa habitación.
—Farah no es un capricho —dije, y mi voz bajó un tono, volviéndose una amenaza directa—. Será mi esposa. Y mis decisiones en el directorio ya no son asunto tuyo, padre. El control de la empresa es mío.
Enzo entornó los ojos, midiendo el alcance de mis palabras, pero se llamó a silencio. Sabía perfectamente que mi paquete accionario superaba al suyo. Al otro extremo de la mesa, mi abuela levantó ligeramente su copa de vino hacia Farah, dedicándole un gesto de aprobación imperceptible.
—Me alegra oír eso, hijo —dijo la anciana con una chispa de ilusión—. Porque ya no soy joven. ¿Cuándo será la boda? No quiero irme de este mundo sin ver a mi nieto casado y feliz.
Percibí cómo Farah se tensaba a mi lado, conteniendo el aire. Antes de que ella pudiera improvisar una respuesta evasiva, me adelanté con una determinación rotunda.
—Pronto, abuela. Muy pronto. Ya estamos organizando los detalles para que sea perfecta.
El trayecto de regreso en el auto fue un barril de pólvora a punto de estallar. Farah esperó pacientemente a que cruzáramos las rejas de la propiedad para descargar su furia.
—¿"Pronto"? ¿"Organizando los detalles"? —estalló, girándose hacia mí en el asiento del copiloto—. Alaric, el contrato dice claramente prometida. Un año de farsa y luego cada uno por su lado. No firmé para un altar, ni para un vestido blanco, ni para mentirle así a tu abuela. ¿Qué demonios estás tramando?
Mantuve los ojos fijos en la carretera, manejando con una frialdad que contrastaba de lleno con su indignación. El destello de las luminarias urbanas dibujaba contornos marcadamente definidos en el habitáculo.
—Mi padre está intentando forzar un matrimonio corporativo con una heredera europea para disputarme el control de mis acciones —expliqué, con un murmullo bajo y directo—. La única forma de neutralizarlo legalmente es un matrimonio real... o uno que parezca tan milimétricamente real que sus abogados no se atrevan a impugnarlo.
—¡Eso no fue lo que acordamos! —replicó, sintiendo que los hilos de su autonomía volvían a enredarse—. Me usaste para proteger tu imperio sin decirme el precio real.
Detuve el coche justo frente a la escalinata de la mansión. Por primera vez en todo el trayecto, me giré para encararla. No me burlé; dejé entrever una intención mucho más sombría y posesiva, acortando el espacio entre los dos.
—A veces, los contratos necesitan anexos, Farah —susurré, inclinándome hasta que mi aliento rozó su oreja—. Y tú eres el anexo más valioso que he tenido nunca. No voy a dejar que nadie te arrebate de mi lado... ni siquiera tú misma.
Farah accionó la manilla para bajar, pero la sujeté firmemente del brazo. Desvié la mirada hacia el anillo que lucía en su mano y luego volví a clavar mis ojos grises en los suyos, modulando la firmeza con una extraña sutileza.
—Mañana viene el sastre —dije en voz baja—. No es para un vestido común, Farah. Es para tu traje de novia.
Iba a objetar, pero me acerqué aún más, cortándole el margen de maniobra.
—Antes de que te niegues, piensa en que tus padres por fin están tranquilos. No dejes que vuelvan a preocuparse por las deudas —le acaricié el brazo con el pulgar, en un trazo pausado—. Este trato tiene un precio, pero también te da paz. Déjame a mí la carga pesada, Farah. Solo quédate conmigo y mídete ese vestido. No echemos a perder todo ahora que estamos tan cerca.







