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Capítulo 11: La tecnología doméstica

Farah

La frase quedó suspendida en el aire del estudio como una promesa sin cumplir. Alaric no terminó de decir lo que fuera que estaba pensando; en su lugar, se limitó a mirarme con una intensidad que sentí hasta en los huesos antes de dejarme ir.

Esa noche no pude dormir. Me encerré en mi habitación, ignorando los latidos desbocados de mi corazón, y me sumergí en los datos de la tesis hasta que el sol empezó a filtrarse por las cortinas.

El domingo amaneció con un silencio inusual en la mansión, roto de pronto por un pitido estridente y un olor acre que trepaba por debajo de mi puerta.

—¿Qué demonios…? —murmuré, saltando de la cama alarmada.

Al bajar a la cocina, la escena era digna de una comedia de errores. El ama de llaves tenía el día libre y el resto del personal estaba ausente. Alaric Grimaldi, el hombre que movía los hilos de la economía nacional, estaba de pie frente a una cafetera de alta gama que escupía humo negro. Vestía un pantalón de pijama gris y una camiseta blanca que parecía luchar por contener la firmeza de sus hombros, pero su rostro reflejaba una frustración absoluta.

—¿Estás intentando hacer café o invocar a un demonio? —pregunté, apoyándome en el marco de la puerta con una sonrisa burlona.

Alaric me miró de reojo, apretando la mandíbula con dureza.

—La máquina está defectuosa. He pulsado el botón de inicio y ha decidido incinerar el grano. Es un fallo de diseño evidente.

Me acerqué a él, desplazándolo suavemente con el hombro para tomar el control.

—No es un fallo de diseño, Alaric. Es que has puesto el molinillo al máximo sin agua en el depósito. Eres un genio de las finanzas, pero un peligro para la salud pública en la cocina.

—Yo no opero máquinas de menos de seis cifras —gruñó él, aunque no se alejó. Se quedó allí, muy cerca, observando cómo mis manos se movían con agilidad, limpiando el desastre y haciendo funcionar el aparato en segundos—. Es una pérdida de tiempo productivo.

—Saber alimentarte no es una pérdida de tiempo, es supervivencia básica —repliqué, sirviendo el líquido negro y entregándole una taza humeante—. Considera esto tu primera lección: no puedes delegar tu propia biología.

La paz duró poco. Una hora después, encontré a Alaric en el cuarto de lavado, mirando una lavadora digital como si fuera un código cifrado de un competidor corporativo. Tenía una sábana de seda en la mano y una expresión de pura derrota que me sacó un suspiro.

—No me digas —dijo cruzándome de brazos en el umbral—. ¿La lavadora también tiene un fallo de diseño?

—Es innecesariamente compleja —respondió él, con su habitual terquedad—. Tiene dieciocho ciclos. Solo quiero que esto huela a limpio, no que viaje al espacio.

Solté una carcajada limpia y sonora, una que hizo que Alaric se quedara mirándome fijamente más tiempo del necesario.

—Muévete, titán. Te voy a enseñar algo que no está en tus libros de estrategia.

Durante la siguiente hora, la dinámica entre los dos cambió por completo. Con mi claridad racional y la independencia que siempre me había caracterizado, tomé el mando. Le expliqué la diferencia entre tejidos delicados y sintéticos como si estuviera impartiendo una cátedra universitaria. Alaric, el hombre que jamás aceptaba órdenes de nadie, escuchaba en silencio, fascinado por la forma en que yo simplificaba lo complejo.

—Eres muy mandona para ser una invitada —comentó de pronto, aunque sus ojos grises brillaban con un coqueteo ambiguo mientras me ayudaba a pasar la ropa húmeda a la cesta.

—Y tú eres muy inútil para ser un genio —retruqué, guiñándole un ojo—. Es una simbiosis perfecta, ¿no crees?

El verdadero problema surgió con el tendedero automático del patio interior. Era una estructura retráctil que colgaba a una altura considerable.

—¿Dónde está el mando de esto? —pregunté, buscando por las paredes del patio.

—Debería estar en el panel central. O quizás se quedó sin batería —dijo Alaric, acercándose tanto que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Extendió su brazo largo para buscar en un estante alto, pero sus dedos solo rozaron el aire—. No está. Llamaré al servicio técnico mañana.

—No voy a dejar mi ropa húmeda apestando hasta mañana —declaré con determinación—. Trae la escalera.

Alaric suspiró, frustrado, pero fue por la escalera de metal.

—Esto es una idea pésima, Bourne. Te vas a caer y el seguro no cubre accidentes por obstinación.

—Sujétala y cállate, Grimaldi.

Subí los peldaños con cuidado, estirándome para alcanzar la barra de metal del tendedero. El sol de la mañana hacía que mi piel ardiera y el viento agitaba mi cabello. Estaba a punto de colgar la primera prenda cuando mi pie resbaló en el peldaño superior, que aún estaba algo húmedo por la limpieza.

—¡Ah! —mi grito fue corto y sofocado. El mundo se inclinó violentamente.

Pero antes de que el suelo me recibiera, sentí un impacto firme. Un par de manos grandes y poderosas me atraparon en el aire, sujetándome por la cintura y los muslos con una fuerza asombrosa. Terminé hundida contra el pecho de Alaric, con los brazos rodeando su cuello por puro instinto.

El silencio que siguió fue eléctrico. Podía sentir el corazón de Alaric latiendo con una fuerza salvaje contra mi pecho, rompiendo esa máscara de frialdad que siempre llevaba. Él no me soltó de inmediato; al contrario, sus dedos se hundieron un poco más en mi piel, asegurándose de que estuviera a salvo.

—Te dije que era una idea pésima —susurró cerca de mi oreja, con la voz mucho más ronca de lo normal.

Nuestros rostros estaban a escasos centímetros. Recuperé el aliento, pero no la voluntad de separarme de su agarre.

—Y yo te dije que me sujetaras. Veo que al menos en eso eres eficiente.

Alaric me bajó lentamente, pero cuando mis pies tocaron el suelo, no retrocedió. Me mantuvo acorralada entre el calor de su cuerpo y la estructura de la escalera, clavando su mirada en mis labios con una tensión que amenazaba con quemar nuestro contrato ahí mismo.

Parecía que iba a besarme, que el constante juego de miradas finalmente iba a explotar en algo más, pero entonces dio un paso atrás de forma abrupta, recobrando su máscara de hierro en un parpadeo.

—Ya está —dijo, aclarándose la garganta—. Entra. Se está levantando viento.

Asentí, algo aturdida, y empecé a caminar hacia la casa tratando de mantener el equilibrio. Pero justo cuando ponía un pie en el umbral, escuché su voz de nuevo, deteniéndome en seco.

—Farah.

Me giré despacio. Alaric estaba allí de pie, junto a la escalera, con una expresión indescifrable en el rostro que mezclaba el arrepentimiento y una necesidad contenida.

—Espera —dijo, dando un paso decidido hacia mí—. No he terminado de decir algo sobre lo de anoche... y sobre lo que acaba de pasar.

Me quedé inmóvil, con el corazón apretándome la garganta, dándome cuenta de que este contrato acababa de volverse mucho más complicado de lo que ambos estábamos dispuestos a admitir.

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