Mundo ficciónIniciar sesiónAlaric
El silencio de mi mansión siempre ha sido mi mayor activo. Un espacio de acero, cristal y orden matemático donde nada ocurría sin mi autorización previa. Sin embargo, el sábado por la mañana, mientras observaba desde el ventanal del segundo piso cómo el coche se detenía abajo, supe que ese orden estaba a punto de ser demolido.
Farah Bourne bajó del vehículo. No traía la mirada baja de la chica rota a la que había recogido en el callejón, ni la timidez de la alumna que esquivaba mis ojos en el aula. Arrastraba su maleta con una firmeza implacable, sus pasos resonaban contra el granito pulido como un metrónomo que marcaba el inicio de una nueva era. Se había puesto una armadura invisible, y lo supe antes de que cruzara el umbral.
Bajé al gran salón para recibirla. No pretendía facilitarle las cosas. Me paré frente a ella con las manos en los bolsillos, manteniendo la distancia física y emocional que exigía nuestro acuerdo.
—Tu habitación es la segunda a la derecha —le advertí, con mi habitual tono gélido, el mismo que usaba para congelar a los directores que no daban la talla—. Yo duermo en la suite principal. No nos molestamos, no hay visitas de madrugada y, por favor, no llames a mi puerta sin un motivo de vida o muerte. Soy un hombre ocupado, no un recepcionista.
Esperaba ver una pequeña vacilación, tal vez esa timidez que solía caracterizarla. Pero Farah se limitó a arquear una ceja. Sostuvo mi mirada con una solidez que me obligó a tensar la mandíbula.
—Descuida —respondió, y su voz no tuvo un solo rastro de duda—. Mi tesis me interesa mucho más que tu horario de sueño.
—Me alegra que estemos en la misma sintonía —murmuré.
Por un segundo, sentí un chispazo de irritación mezclado con algo peligrosamente cercano a la satisfacción. Esa mujer ya no se achicaba ante mí.
Para cuando subió, me aseguré de que encontrara el "cebo". Sobre su escritorio de roble no solo estaban las tarjetas de coordenadas con las claves de encriptación de mis servidores privados de GRIMALDI GROUP, sino también una selección de volúmenes de econometría avanzada de mi biblioteca personal, marcados meticulosamente con notas sobre los capítulos de flujos de capital que ella necesitaba. Decía que no quería molestias, pero la verdad —una que no pensaba admitir en voz alta— era que quería ver de qué era capaz cuando tuviera las herramientas adecuadas en sus manos.
No pasó mucho tiempo antes de que la necesidad de control me hiciera bajar a su piso. Me quité la chaqueta del traje y me remangué la camisa blanca, sintiendo el aire inusualmente denso de la casa. Me apoyé en el umbral de su puerta abierta. Ella estaba concentrada, organizando carpetas de investigación con una precisión casi militar.
Al notar mi presencia, se giró. Su mirada bajó por mis brazos expuestos un instante antes de volver a mis ojos con una frialdad impecable.
—Una cosa más —sentenció, apuntándome con un bolígrafo—. En la universidad no nos conocemos. Nada de saludos especiales, nada de miradas en el aula. Soy una académica independiente, no quiero que piensen que estoy aquí por ser la favorita del profesor estrella.
Apreté la mandíbula. Me molestaba profundamente que me dictara las reglas del juego en mi propio tablero, pero mi orgullo no me iba a permitir mostrar esa debilidad.
—Mejor para mí. Así no tengo que fingir que me caen bien tus preguntas en clase —ataqué de vuelta—. Una vez por semana visitaremos a mi abuela; fuera de eso, eres libre de desaparecer en tu habitación.
—Perfecto —respondió ella, y me dedicó una sonrisa de medio lado, casi juguetona, que me resultó insultante por lo segura que se veía—. Trato hecho, vecino.
La noche se convirtió en un examen de resistencia.
Intenté concentrarme en las proyecciones financieras del Grupo Grimaldi para el tercer trimestre, pero el silencio de la mansión se sentía diferente, alterado por su presencia dos puertas más allá. A las dos de la mañana, el monitor de seguridad de mi estudio registró movimiento en el pasillo.
Me asomé al umbral. Farah avanzaba descalza, vistiendo una bata de seda verde oliva que apenas le cubría los muslos. Caminaba con la agilidad de un felino, tratando de ser invisible. La vi bajar las escaleras y, minutos después, regresar con un vaso de agua en la mano.
La esperé justo en el descanso, bajo la luz tenue de los apliques de la pared.
—¿El agua de la cocina es mejor que la que dejé en tu mesa de noche, o sólo estás explorando territorio prohibido? —pregunté, con la voz más grave de lo habitual debido al cansancio.
Farah giró lentamente. No se asustó. No se cubrió el escote con timidez ni retrocedió. Se limitó a sostener el vaso de agua y a mirarme de arriba abajo. Yo me había cambiado por una camiseta negra ajustada y llevaba gafas de lectura; ella analizó mi aspecto con una audacia que me cortó la respiración por un segundo.
—No podía dormir —respondió, cruzándose de brazos con una calma exasperante—. ¿No era que no deberíamos molestarnos, Alaric?
Di un paso hacia ella, invadiendo su espacio, buscando deliberadamente quebrar esa nueva fachada de acero que se había construido. Mi mirada resbaló por la seda de su bata antes de volver a sus ojos, donde una chispa desafiante me devolvió el golpe.
—Tú me molestaste a mí primero al caminar como un gato por mi pasillo —dije, bajando la voz—. Ya que estás despierta y con esa ropa tan... poco académica, ven aquí. Hay un error en tus proyecciones de datos que no me deja dormir.
—¿Un error? Eso no es posible —desafió de inmediato, enderezando la espalda. Su orgullo intelectual era exquisito.
—Entra al estudio, Farah —le ordené en un susurro—. Y deja de hacer preguntas cuya respuesta ya conoces.
Me siguió. Se sentó en el borde de mi escritorio de obsidiana, con una pierna cruzada sobre la otra, exponiendo la línea de su muslo de una forma que puso a prueba cada gramo de mi autocontrol. Encendí la pantalla, mostrándole un desfase en el algoritmo de riesgo que ella había planteado en su borrador.
Durante la siguiente media hora, la oficina se convirtió en un campo de batalla intelectual. No había profesor ni alumna; éramos dos mentes brillantes colisionando. Farah defendía sus puntos con una lógica matemática implacable, rebatiendo mis objeciones con una agudeza que me obligó a esforzarme para ganarle los argumentos. Su brillantez era un imán. Cada roce accidental de nuestros hombros sobre el teclado enviaba una descarga de estática por mi piel que me costaba horrores ignorar.
Ella no dudaba. No titubeaba. La Farah afligida que buscaba la aprobación de un cobarde como Elian había muerto; en su lugar, había una mujer que sabía perfectamente que su cerebro valía millones.
—Ya está —declaró finalmente, cerrando la laptop de un golpe seco que resonó en el estudio—. Todo en orden. Ahora sí, me voy a dormir. Buenas noches, profesor.
Se deslizó del escritorio y caminó hacia la puerta con una gracia soberbia. La vi avanzar, sintiendo una repentina e irracional urgencia de detener ese movimiento, de no dejar que el silencio volviera a engullir mi espacio. El control que tanto me jactaba de tener se me escurre entre los dedos.
Me puse de pie de golpe. La silla de cuero crujió tras de mí.
—Farah —la llamé.
Mi voz sonó baja, desprovista de la habitual ironía, cargada de una vibración que no pude contener.
Ella se detuvo justo en el umbral. Giró el rostro por encima del hombro, observando con esos ojos decididos, evaluando mi postura como si fuera un activo de alto riesgo. Me quité las gafas de lectura con un movimiento lento, sosteniéndole la mirada.
—Espera —le dije, humedeciendo los labios, mientras daba un paso hacia ella—. No he terminado de decir algo.
Farah se quedó inmóvil, con la mano apoyada firmemente en el pomo de la puerta. No había temor en su rostro, solo una expectativa fría y calculadora.







