Algo cruje. Los ojos de Taras se abren de par en par. Cae de rodillas, su mano ahueca su entrepierna y lanza un grito de dolor impío y animal.
Echó el cerrojo a la puerta cuando entramos, pero los guardias de fuera deben tener la llave porque la abren de golpe en un segundo y me arrastran hacia la puerta y fuera de la habitación mientras Taras Kreshnik, mi dueño, me maldice entre jadeos.
“¡Maldita perra inútil! ¡Estúpida puta! ¡Tú lo vas a pagar…!”
Puedo escucharlo maldecir durante todo el tr