50. Su propia vanidad lo ciega.
—¿Dónde demonios estás? —La voz de Hades retumba en la mente de Mara como un rugido infernal, cargado de irritación, como si quisiera partirle el cráneo en mil pedazos.
Mara se detiene en seco. Sus sentidos se colocan en alerta.
«¿Me descubrió?», se pregunta. Pero no, eso es imposible. «He sido demasiado cuidadosa», concluye.
Su proyección en el inframundo, utilizando el alma de una huésped, es magistral. Burlar al dios del engaño durante tantos años es una hazaña única. En la superficie uti