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CAPÍTULO 6. Un botón antibalas

—Estoy dispuesta a hacer todo lo que haga falta —sentenció Lauren y el contrato apareció de inmediato.

Ella lo leyó de una punta a la otra y firmó como si acabara de agarrarse a una tabla en medio del naufragio.

Luego todo fue una vorágine de entrega de trabajo y cuando llegó al departamento de Ava, no le cabían las cosas en las manos, pero estaba más feliz que nunca en los últimos ocho años.

—¡LO LOGRASTE! —Ava soltó un grito ahogado y la abrazó.

Y Lauren rio por primera vez en semanas sin que le doliera el pecho.

—Lo logré…

—¡Pues esto hay que celebrarlo! Nos ponemos bonitas, sacamos los vestidos levanta—braguetas y…

—¡Solo vamos a comer…!

—¡Carne! ¡Vamos a comer carrrrne! —aseguró Ava y se encargó de que Lauren esa noche se pusiera un vestido negro que habría hecho babear a una procesión de caracoles.

Cabello suelto, labios rojos y un taxi derechito a un restaurante pequeño, cálido y delicioso.

—Ahora sí, dime cuáles son los próximos planes, y sobre todo dime que no te llevarán lejos de mí —comenzó Ava y Lauren dejó escapar un suspiro.

—Un poco lejos, sí —respondió—. Esto va a cambiarlo todo, Ava. Podré trabajar tranquila desde casa… pero necesito economizar en la renta si quiero cumplir el resto de mis sueños. Así que me mudaré fuera de la ciudad, quizás a Palmdale o a Lancaster.

—¡Eso está a una hora de aquí! —se quejó su amiga.

—Lo sé, pero esa es la ventaja del trabajo remoto. Solo tendré que venir a la empresa una vez por semana; y con lo que ahorre, podré empezar a pensar en serio en ser mamá —dijo Lauren pensativa—. El problema es que ya no sé si quiero un hombre involucrado en eso.

—¡Uy! ¿Vas a esperar al Espíritu Santo? —la increpó Ava levantando una ceja divertida.

—No digas babosadas —rio ella—. Lo que quiero decir… es que fueron demasiados años de decepción. No tengo energía para empezar una relación desde cero, pasar por otro noviazgo, construir confianza… esperar que llegue a un matrimonio y luego más tiempo a que sea sólido como para buscar hijos… ¿cuándo va a ser eso? ¿Cuando tenga cuarenta? Además, después de todo lo que pasó… sé que me daría terror recibirle a un hombre hasta un vaso de agua.

Lauren se agitó el cabello con un gesto de frustración.

—¿Has oído la frase esa de que se te está pasando el arroz? ¡Bueno, el mío ya se quemó, porque no quiero volver a pasar por todo eso!

—Pues tampoco es un problema. Digo, hay otras opciones —comentó Ava encogiéndose de hombros—. ¿Has pensado en la fertilización in vitro?

Y sí, Lauren lo había pensado, pero su entusiasmo se había desinflado demasiado rápido cuando había visto lo que costaban unos pocos intentos en una clínica de fertilidad.

—Ya estuve revisando costos y no puedo pagar eso —dijo mostrándole las cifras en su celular—. Ni siquiera con el nuevo trabajo. ¡Creo que solo si me vendiera en Only Fans! ¿Crees que alguien pague por mí? —rio.

En cambio Ava se quedó pensativa unos segundos, y luego chasqueó los dedos como si tuviera todo resuelto.

—¡Bueno, querida! ¡Entonces tendrá que ser a la vieja escuela! —exclamó y Lauren la miró azorada porque su amiga era peligrosa.

—¿Qué estás planeando?

—¡Una solución! Vamos, levántate. Nos vamos a inscribir en un evento de citas rápidas.

—¿QUÉ?

—Un minuto por persona —explicó Ava deteniendo un taxi—. Te sientas en una silla y ellos tienen sesenta segundos para hablar contigo: Conversación rápida, sin compromiso, perfecto para elegir un donante sin complicaciones. Si no se gustan, uno de los dos aprieta el botón rojo y siguen.

Lauren la miró como si acabara de proponerle saltar de un avión sin paracaídas.

—¡Estás loca! —exclamó, pero una hora después estaba sentada en una mesa pequeña, con una copa de vino entre las manos y una sonrisa tensa pegada al rostro, esperando a su “primera cita”.

Frente a ella había un botón rojo, si lo presionaba el hombre al otro lado de la mesa tendría que irse. Lo que Lauren no sabía era que pronto dejaría de ser un simple botón para convertirse en un escudo antibalas.

—¿Soltera, viuda, divorciada? —preguntó su primera cita a ciegas y Lauren carraspeó bebiendo de su copa.

No era un tipo feo, pero le erizó el cabello de la nuca.

—Divorciada. Lauren —saludó extendiendo la mano.

—Oliver —se presentó él—. Me encantan las mujeres divorciadas, es más fácil cuando ya pasaron por el entrenamiento adecuado.

—¿Disculpa? —siseó ella sin poder creer lo que acababa de escuchar.

—Pues ya sabes, las solteras no saben cómo atender a un marido proveedor… Trabajo mucho, así que necesito a alguien que se encargue de la casa, la comida, organizar mis cosas… ya sabes, una mujer que apoye.

Y en ese mismo segundo Lauren golpeó el botón rojo.

—Lo siento, Oliver, pero mis días de sirvienta no remunerada ya pasaron —siseó.

Y empezó a preguntarse si ir a aquel sitio no había sido un gran error.

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