ARTURO VEGA
En el laboratorio me mantuve estático, viendo en el interior del sobre esos cabellos tersos y suaves que no pude tocar para no contaminarlos, pero… aun así empecé a imaginarme la clase de niña que los portaría. Una pequeña de cinco, tal vez seis años, sonrisa radiante, mirada gentil, un ángel encarnado.
Cerré el sobre en cuanto la recepcionista me llamó. Llené el formulario y entregué todo: el cabello, mi cabello, el dinero y mi esperanza.
Pese a mi gorra y lentes oscuros, así com