KATIA VEGA
Regresar a la finca fue una alegría para el corazón. En la puerta nos esperaban la abuela y mis bebés, los cuales comenzaron a llorar, tomados de la mano, en cuanto me vieron. Solté la mano de Marcos para correr hacia mis pequeños, hincándome ante ellos y estrechándolos con dulzura mientras se disolvían en mis brazos.
—¡Mami! —Samuel era el más afectado, quien no dejaba de restregar su rostro contra mi pecho y sus deditos se aferraban a mi ropa como ganchos—. ¡Papi prometió que te t