KATIA VEGA
En cuanto entró Emilia a la habitación, guardó completo silencio y se mantuvo con la espalda pegada a la pared. Vi entre sus manos un brillo peculiar, era la llave de mis esposas.
—Emilia… Dame eso, pronto…
—No. —Presionó la llave contra su pecho y no dejaba de llorar.
—Emilia…
—¡No! ¡Le prometí que contaría hasta diez! —gritó furiosa y destrozada.
—¡No hay tiempo! ¡Dámelas! ¡Tenemos que salir de aquí!
—No quiero…
Verla tan herida me torturó. ¿Qué ocurría? ¿Por qué estaba tan tr