KATIA VEGA
Mantuve a Emilia escondida detrás de mí, sin apartar la mirada de Guzmán y su rifle apuntando a mi cabeza. Conforme más se acercaba, más angustia me embargaba, hasta que noté que a sus espaldas y a cierta distancia, se acercaba un borrón blanco y carmín. Se trataba de Antonio, silencioso y envenenado por el odio. Sus ojos llameaban con ira y tenía la esperanza de que fuera por culpa de Guzmán.
Cuando este estaba a punto de voltear, intuyendo la presencia de su adversario, decidí dis