ROSA MARTÍNEZ
—¡¿Rosita?! ¡¿Rosita, eres tú?!
De pronto una suave vocecita llegó a nosotros. Mi corazón se detuvo pues no debería de estar aquí. En cuanto volteamos vimos a Samuel corriendo desconsolado.
—¿Qué carajos…? —Héctor se tensó y su mirada comenzó a buscar entre la gente mientras yo me precipitaba hacia Samuel para cargarlo en mis brazos.
—¿Qué haces aquí? ¿Dónde está tu mamá? —pregunté asustada estrechándolo de manera protectora.
—¡Ese tipo se la quiere llevar! ¡El teniente ese! —g