LISA GALINDO
—Así que lo harás… —dijo Antonio acercándose lentamente, recorriendo mi cuerpo con su mirada—. Te sacrificarás por la niña.
No solo por la niña, también lo hacía por mi bebé. —¿No era lo que querías? —pregunté con la mirada fija al frente, queriendo mantenerme ajena a lo que iba a ocurrir.
—Espero que me des una niña pelirroja de ojos azules… Esa sería una gran suerte —susurró en mi oído antes de desabrochar mi brassier, mientras se mantenía a mi espalda, escondido, dejando que s