LISA GALINDO
No tenía planeado darle gusto a todos esos hombres que me dedicaban miradas lujuriosas. Así que salí de mi habitación con la frente en alto y el vestido bien puesto. Para mi suerte no era muy escotado o provocativo, aun así, no me sentía más tranquila rodeada de barbajanes.
—Camina más rápido, dulzura… —dijo uno de ellos con una sonrisa torcida y acercando el cañón de su rifle a mis costillas, pero sin picarlas. Al parecer tenía un escudo protector, pues todos sabían que, de momen