LISA GALINDO
No supe cuanto tiempo me quedé viendo por la ventana, con mi mente perdida ante esos campos tan vastos llenos de verdor. La finca era hermosa y más grande que la anterior, más colorida y con menos recuerdos tristes.
De pronto mi puerta volvió a sonar, pero esta vez eran golpes que provenían de una mano más pequeña, causándome curiosidad. En cuanto abrí me encontré con ese par de ojos azules y sonrisa encantadora que me hacía olvidar cualquier problema. —Hola, Emilia —saludé con du