LISA GALINDO
Había tardado más en publicar el artículo en el periódico que Stella en desaparecer. A los pocos días se dio la noticia de que su cuerpo había desaparecido sin dejar rastro. Ningún doctor o enfermera daba crédito a lo que había pasado y ni siquiera las cámaras de seguridad habían captado algo, pero dentro de mí sabía que era lo que le había pasado, quien se la había llevado.
—¿Estás feliz? —pregunté en la puerta de Arturo, pues al parecer la servidumbre no tenía permitido dejarme