El aire de la tarde era fresco cuando Stephen y Anna bajaron del coche frente al restaurante de cinco estrellas. La suave brisa hizo ondear el vestido rojo de Anna, mientras su cabello danzaba sobre sus hombros. Stephen la contempló, y sus ojos se suavizaron con admiración.
—Te ves hermosa —dijo en un susurro.
Las mejillas de Anna se tiñeron de un delicado tono rosado y le dedicó una sonrisa tímida.
—Gracias, Stephen. Tú también luces muy bien.
Él soltó una suave risa y le ofreció el brazo.
—¿E