La familia Gray era un caos. Había llegado el momento de que Stephen y Anna se marcharan de la ciudad, y iban retrasados. La señora Gray no paraba de dar órdenes a las criadas, que hacían las maletas a toda prisa. Zach, el mayordomo, intentaba mantener la calma, pero era inútil. La tensión en el ambiente se podía cortar con un cuchillo.
—¿Dónde está Stephen? —exigió saber la señora Gray, y su voz resonó por toda la sala—. Ya debería haber regresado.
—Seguro que viene de camino, señora —dijo Zac