CAPÍTULO 5

Las lágrimas corrían por el rostro de Anastasia mientras observaba la cara del hombre que le había arrebatado su virginidad por la fuerza.

Tenía el corazón destrozado mientras intentaba arreglarse y ponerse la ropa, o al menos lo que quedaba de ella.

Su falda seguía intacta, pero varios botones de su blusa habían sido arrancados y su ropa interior había quedado completamente arruinada.

Stephen ya se había quedado dormido.

Y lo único que Ana podía hacer era desearle la muerte.

Seguía traumatizada por todo lo que había sucedido y sus manos temblaban mientras se vestía.

¿Por qué le había hecho eso?

Nunca había conocido a un monstruo semejante.

El caballero que había visto entrar al hotel era completamente distinto de la bestia que la había atacado aquella noche.

Las lágrimas no dejaban de caer.

Había perdido su virginidad con un hombre al que no le importaba en absoluto... o que estaba demasiado borracho para preocuparse.

Después de obtener lo que quería de ella, ya estaba roncando profundamente.

¿Por qué ella?

Podía tener a cualquier mujer del mundo.

Entonces, ¿por qué la había obligado?

¿Qué demonios le había pasado?

Lo odiaba tanto que, por un instante, una voz en su cabeza le sugirió que lo estrangulara mientras dormía o que tomara algo afilado y acabara con él allí mismo.

Pero Ana era incapaz de hacer algo así.

Estaba demasiado destrozada emocionalmente para pensar con claridad.

Sentía dolor entre las piernas, pero el que llevaba dentro de la cabeza y el corazón era mucho peor.

Las secuelas psicológicas de lo ocurrido eran más devastadoras que las físicas.

Seguía sintiéndose aterrada incluso viendo a Stephen tendido como un tronco sobre la enorme cama.

¿Ese era el supuesto soltero más codiciado de la ciudad?

¿Alguien que trataba a las mujeres como simples objetos para satisfacer sus deseos?

¿Un hombre sin dignidad ni respeto?

Tal vez no pudiera hacer nada contra él.

Pero Ana sabía que lo odiaría durante el resto de su vida.

Con las piernas temblorosas, caminó hasta la puerta.

Apenas podía mantenerse en pie.

Todo su cuerpo dolía y las lágrimas seguían brotando sin control.

Tuvo que secarse el rostro una y otra vez mientras abandonaba la habitación.

No quería que nadie se enterara de lo ocurrido.

Mucho menos en el trabajo.

¿Cómo iba a explicar que Stephen Grey la había violado?

¿Quién iba a creerle?

La señalarían, la juzgarían y la insultarían.

Ya no podía seguir en aquel ambiente.

Necesitaba marcharse y no volver jamás.

Ana recorrió apresuradamente el pasillo y entró en el ascensor.

Por suerte, no se cruzó con nadie.

Presionó el botón de la planta baja y volvió a romper en llanto.

Cuando las puertas se abrieron, se encontró de frente con Rachel.

—Oye, ¿qué pasó? —preguntó Rachel de inmediato.

Ana la ignoró por completo y siguió caminando apresuradamente.

Fue directamente al vestuario, recogió su bolso y, sin informar a nadie, abandonó el hotel.

El guardia de seguridad intentó preguntarle adónde iba, pero ella simplemente le pidió que le dijera al gerente que renunciaba.

Sin dar más explicaciones, salió del edificio y se adentró en las frías calles de la ciudad.

Ana caminaba temblando y llorando.

Su casa quedaba bastante lejos, pero no le importó ir a pie.

Necesitaba tiempo para procesar todo lo que sentía.

Por supuesto, no podía contarles a sus padres lo sucedido.

No creía ser capaz de admitir ante nadie que el supuesto soltero más codiciado de la ciudad le había arrebatado algo tan importante.

Cuando llegó a una zona oscura de las calles, notó unos pasos detrás de ella.

No había coches circulando y comenzó a darse cuenta de que la decisión que había tomado en medio del trauma había sido un error.

Ahora solo había conseguido ponerse en peligro.

Aceleró el paso mientras el miedo la invadía.

No era una sola persona.

Eran dos hombres siguiéndola.

Debió saber que caminar sola por las calles de Las Vegas a esas horas era una mala idea.

La gente estaba borracha en los casinos o vagando por las calles.

Y ambos grupos podían resultar peligrosos.

—Tranquila, preciosa. ¿Por qué tanta prisa? —se burló uno de ellos mientras acortaba la distancia.

Ana caminó aún más rápido, ignorando el dolor que sentía.

—Sí, ¿por qué no vienes a divertirte un rato con nosotros, cariño? —gritó el segundo hombre.

Ana intentó girar hacia otra calle, pero al hacerlo descubrió que había más hombres allí.

Las luces rojizas y el olor en el ambiente le dejaron claro que estaban consumiendo algo ilegal.

¿Acababa de escapar de una pesadilla para caer directamente en otra?

Su siguiente idea fue correr.

Sabía que era una mala decisión.

Jamás podría dejar atrás a aquellos hombres.

Pero ¿qué otra opción tenía?

¿Entregarse por voluntad propia?

Entonces, por primera vez en toda la noche, la suerte pareció sonreírle.

Vio una motocicleta acercándose y comenzó a hacer señas desesperadamente mientras rezaba para que quien la condujera fuera una buena persona.

Por fortuna, no solo era alguien confiable.

Era alguien que conocía.

¡Era su novio!

—¿Ana? ¿Qué haces aquí tan tarde? —preguntó al detener la motocicleta frente a ella.

—¿Jake? —exclamó ella—. Gracias al cielo. Por favor, sácame de aquí.

Sin esperar respuesta, subió inmediatamente al asiento trasero.

Los hombres que la seguían se detuvieron y lanzaron varias maldiciones en dirección al motociclista antes de retirarse.

Ana rodeó a Jake con los brazos y apoyó la cabeza en su espalda mientras seguía llorando.

—Ana, ¿estás llorando? ¿Qué pasó? ¿Te hicieron algo? —preguntó Jake preocupado.

Ella negó rápidamente con la cabeza.

Intentó hablar sin derrumbarse, pero las palabras no salían.

Al final simplemente dejó que las lágrimas siguieran fluyendo.

Necesitaba liberar todo aquello antes de llegar a casa.

Tal vez pudiera guardar silencio delante de su novio.

Pero no podría hacerlo frente a su madre.

Si aquella mujer notaba que algo iba mal, no descansaría hasta descubrir la verdad.

Y Ana no estaba preparada para contar la historia de cómo había sido violada por un multimillonario.

Sentía que su vida quedaría destruida si alguien lo descubría.

Era un secreto que estaba dispuesta a llevarse a la tumba.

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