La brisa suave acariciaba los jardines, donde la luz del atardecer tiñó todo de un dorado mágico. Era el día perfecto. El aire estaba cargado de promesas, y el mundo parecía haberse detenido, como si todo fuera un sueño, suspendido en la serenidad de un momento eterno. Kamill estaba allí, en el altar, con su porte elegante y su mirada fiera color esmeralda, tan intensa y peligrosa que, a pesar de su quietud, parecía capaz de someter todo a su voluntad. Su traje negro, perfectamente entallado, p