Su cuerpo, aunque joven y fuerte, se sentía más viejo de lo que nunca había estado. Las marcas que comenzaban a aparecer en su piel eran testigos de su sufrimiento. Las cicatrices eran un recordatorio constante de su fragilidad, de los límites que su cuerpo parecía alcanzar en cada sesión de tortura. Había llegado a un punto en el que el dolor físico se convertía en una especie de rutina, una secuencia de sufrimiento que podía anticipar, pero que jamás podría aceptar.
El silencio se rompió ab