EXTRA. LILITH AMBROSETTI
La habitación estaba sumida en una penumbra cercana, un silencio denso que parecía apretar el pecho de Lilith como un abrazo de sombras. En la penumbra, el reloj marcaba las horas, cada tic un recordatorio de lo que ya no era, de lo que nunca sería. La luz de la luna se filtraba a través de las cortinas, creando patrones en el suelo, pero para Lilith, eran sombras que danzaban al ritmo de sus pensamientos melancólicos.
Sentada en el borde de la cama, la mirada perdida en la nada, su pecho se se