CAPÍTULO 68
Alexander de la Vega abrió un ojo, solo para encontrarse con el pie descalzo de Benicio a escasos centímetros de su nariz y el brazo de Mateo cruzado sobre su pecho como si fuera una barrera de seguridad.
Cuando finalmente lograron desenredarse de la maraña de sacos de dormir y extremidades infantiles, Alexander y Lucía emergieron de la tienda con movimientos lentos y quejumbrosos. El aire fresco de la mañana golpeó sus rostros, pero no fue suficiente para borrar la rigidez de sus e