CAPÍTULO 21
Elisa De la Vega estaba sentada en su mesa habitual del restaurante, la que tenía la mejor vista del jardín y la peor acústica para los curiosos. Tamborileaba sus uñas perfectamente manicuradas sobre el mantel de lino blanco, observando la copa de Chardonnay que brillaba bajo la luz del mediodía.
Acababa de salir de su sesión de masajes y drenaje linfático, pero la tensión en sus hombros no había desaparecido. De hecho, se había intensificado desde el desayuno. La conversación con L