CAPÍTULO 109
En el centro de la pista, el contador Estrada, sudando frío y con el nudo de la corbata flojo, parecía querer volverse invisible tras haber detonado la bomba. Pero el daño ya estaba hecho. La verdad, cruda y sin maquillar, estaba sobre la mesa.
Lucía sentía que las paredes doradas del salón se le venían encima. La imagen de la espalda de la señora Miranda alejándose, llevándose consigo la promesa de una familia para Mateo y Sofía, se repetía en su mente como una pesadilla en bucle.