La visita a la habitación de los abuelos se había extendido por más de una hora.
Augusto De la Vega, el hombre que había hecho temblar a competidores con una sola ceja levantada y que rara vez mostraba paciencia con nadie menor de cuarenta años, estaba sentado al borde de su sillón enseñándole a Mateo cómo funcionaba el mecanismo de cuerda de su reloj de bolsillo antiguo. Matilde, por su parte, le había ofrecido a Sofía una caja de galletas de mantequilla y escuchaba con atención fascinada las