80. Una puerta cerrada, en silencio
James miró a Elora durante un largo momento, no con confusión, sino con una claridad que ya no vacilaba. La petición —o, más exactamente, la exigencia— no lo sorprendió. Había anticipado hacia dónde conduciría la renovada audacia de Elora.
—No —dijo James con sencillez.
Elora parpadeó.
—Solo quiero hablar. De mujer a mujer…
—Detente —la interrumpió James, más firme esta vez, aunque su voz nunca se elevó—. No tienes derecho a pedir nada que involucre a mi esposa. Esta reunión por sí sola ya es m