68. Líneas que no pueden borrarse
La lluvia fina se había vuelto más constante cuando Emma llegó a su apartamento. Sus pasos eran lentos, la mente saturada, como si cada decisión que acababa de tomar siguiera resonando dentro de su cabeza. Encendió solo la lámpara del salón, manteniendo la luz tenue. Ethan ya dormía otra vez en su cuna, su pequeño rostro en paz, tan distinto del mundo adulto, que nunca descansa del todo.
Emma se sentó en el sofá, desbloqueó el teléfono y se quedó mirando el mensaje del número desconocido al que