La duda era una lombriz que se retorcía en el cerebro de Samir, cavando túneles más profundos cada hora que pasaba. Tres días después de ver a los gemelos aferrar su mano en sueños, no podía sacarse la imagen de la cabeza. La forma en que Mateo fruncía el ceño. La línea de su mandíbula. Los ojos de Sofía, demasiado inteligentes para una niña de cuatro años.
Era ridículo. Imposible.
Pero la duda seguía cavando.
Estaba sentado en su oficina del piso treinta y dos a las dos de la mañana, con la ci