Samir miró su propia mano suspendida en el aire. La retiró lentamente, como si el movimiento le causara dolor físico, y la ocultó tras su espalda. Apretó los nudillos hasta que se pusieron blancos.
El llanto de un niño en la habitación rompió aquel silencio asfixiante. Era Mateo, probablemente despertado por el grito de Ella. Samir salió de la habitación sin decir palabra, cerrando la puerta con un clic suave detrás de él, dejando a Ella sola con sus demonios.
Al amanecer, Samir estaba sentado