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Capítulo 4: La boda sin beso ni promesa

Los tres días pasaron como agua entre los dedos, imposibles de retener, imposibles de detener. Emma los vivió en una especie de nebulosa suspendida entre la incredulidad y el miedo, empacando su vida en dos maletas mientras su madre supervisaba cada prenda con comentarios sobre lo que "una Moretti" debía o no debía llevar puesto. Ni una sola vez, en esas setenta y dos horas, alguien le preguntó cómo se sentía.

La mañana de la boda amaneció gris, con un cielo cargado de nubes que parecían compartir el ánimo de Emma más que cualquier persona a su alrededor. Se vistió sola, en su antigua habitación, con un vestido sencillo de color hueso que su madre había elegido "por practicidad, ya que no habrá fotografías que lo justifiquen". Ningún velo. Ningún ramo. Solo un vestido y la certeza fría de que estaba a punto de atarse legalmente a un desconocido que ya la había juzgado y sentenciado antes de intercambiar más de veinte frases con ella.

La ceremonia se realizó en una notaría discreta del centro de la ciudad, en una sala pequeña sin ventanas, iluminada por luces artificiales que le daban a todo un aire clínico, casi hospitalario. No había flores. No había música. Solo el notario, sus padres, el abogado de Luca como testigo, y el propio Luca, vestido con un traje gris impecable que probablemente costaba más que todo lo que Emma había ganado en sus años trabajando en cocinas ajenas.

Él llegó siete minutos tarde, algo que Emma no supo si interpretar como desinterés o como el simple resultado de una agenda demasiado ocupada para prestarle atención a algo tan intrascendente como su propia boda. No se disculpó. Simplemente entró, saludó al notario con un apretón de manos y ocupó su lugar junto a ella sin dirigirle una sola mirada.

Emma lo observó de reojo mientras el notario comenzaba a leer las formalidades legales del matrimonio. Luca mantenía la vista al frente, la mandíbula tensa, las manos entrelazadas detrás de la espalda en una postura que Emma ya empezaba a reconocer como su estado natural: control absoluto, distancia calculada, cero vulnerabilidad expuesta.

—¿Acepta usted, Luca Moretti, tomar a Emma Varela como su legítima esposa? —preguntó el notario, con la cadencia mecánica de quien ha repetido esas palabras cientos de veces sin que ninguna le importe demasiado.

—Sí —respondió Luca, sin titubear, con la misma inflexión que hubiera usado para aprobar un informe financiero.

—¿Y usted, Emma Varela, acepta tomar a Luca Moretti como su legítimo esposo?

Emma sintió que todas las miradas se posaban sobre ella, expectantes. Su madre, con una sonrisa tensa que exigía obediencia. Su padre, con los ojos húmedos que no lograba disimular del todo. Y Luca, todavía sin mirarla, como si su respuesta fuera apenas un trámite más en la lista de cosas por resolver ese día.

—Sí —dijo Emma, y la palabra le supo extraña en la boca, como si perteneciera a otra persona.

El notario cerró el documento con un golpe seco y anunció, con la misma indiferencia burocrática, que quedaban legalmente unidos en matrimonio. No hubo aplausos. No hubo lágrimas de alegría. Solo el sonido de las sillas moviéndose y el crujido del papel siendo guardado en una carpeta.

—Puede besar a la novia —agregó el notario, casi como un formalismo olvidado, una costumbre que la ley no exigía pero que la tradición todavía insistía en mencionar.

Emma se giró levemente hacia Luca, sin saber muy bien qué esperar, sintiendo el corazón latir con una mezcla extraña de nervios y resignación. Pero Luca ni siquiera hizo el ademán de acercarse. Simplemente asintió hacia el notario, como descartando la sugerencia, y extendió la mano hacia Emma en un gesto formal, casi corporativo.

—Vámonos —dijo, sin más ceremonia —Tengo una reunión en dos horas.

Emma sintió la humillación arder en sus mejillas, aunque se obligó a no mostrarlo. Estrechó la mano que él le ofrecía, fría y firme, tan distinta a como Emma siempre había imaginado que se sentiría la mano de un esposo el día de su boda. No hubo beso. No hubo promesa susurrada al oído. Solo un apretón de manos digno de cerrar una fusión empresarial, no un matrimonio.

Su madre se acercó a despedirse con un abrazo rígido, murmurando algo sobre lo orgullosa que estaba de ella, aunque Emma sabía perfectamente que ese orgullo tenía más que ver con las deudas saldadas que con cualquier sentimiento genuino hacia su hija. Su padre, en cambio, la abrazó con una fuerza desesperada, susurrándole al oído un "lo siento" que Emma sintió más sincero que cualquier otra cosa dicha en esa sala durante toda la mañana.

El trayecto hasta la mansión Moretti se hizo en un silencio absoluto, dentro de un auto negro conducido por un chofer que jamás pronunció palabra. Emma observó el paisaje cambiar a través de la ventana, la ciudad dando paso a colinas verdes, calles estrechas convirtiéndose en avenidas privadas bordeadas de árboles centenarios, hasta que finalmente el auto se detuvo frente a una mansión que parecía sacada de una postal europea. Piedra clara, ventanales altísimos, jardines perfectamente cuidados que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Luca bajó del auto sin esperarla, y Emma tuvo que apresurarse para seguirle el paso mientras él cruzaba el vestíbulo principal con la familiaridad de quien ha caminado esos mismos pasillos toda su vida. El interior era tan imponente como el exterior: techos altísimos con molduras trabajadas, una escalera de mármol que se dividía en dos hacia el segundo piso, obras de arte que probablemente valían más que la casa entera donde Emma había crecido.

—El servicio doméstico le mostrará dónde están las cosas básicas —dijo Luca, sin detenerse, mientras subía las escaleras con Emma siguiéndole apenas un paso atrás —Yo tengo poco tiempo libre, así que no espere que la acompañe en actividades cotidianas.

Llegaron a un ala de la mansión notablemente distinta al resto de la casa, pasillos más estrechos, decoración más sobria, una distancia física evidente respecto al núcleo central donde, Emma supuso, debían estar las habitaciones principales de Luca. Él se detuvo frente a una puerta de madera oscura y la abrió con un gesto seco.

—Esta será su habitación —anunció, sin entrar — Aquí estará lejos de mi vista, como imagino que ambos preferimos.

Emma sintió el golpe de esas palabras como una bofetada silenciosa. Entró a la habitación, que era amplia y elegante, decorada con un gusto impersonal que no reflejaba absolutamente nada de ella, y escuchó los pasos de Luca alejándose por el pasillo sin una despedida, sin un "bienvenida", sin siquiera la cortesía mínima de preguntarle si necesitaba algo.

Se quedó de pie en el centro de la habitación durante varios minutos, sintiendo el peso completo de lo que acababa de hacer. Se había casado. Legalmente, ante notario, con todas las formalidades correspondientes. Y sin embargo, se sentía más sola que nunca, en una casa ajena, con un esposo que la trataba como una molestia tolerada por necesidad.

Decidió explorar un poco el ala donde estaría viviendo, con la esperanza de encontrar algo, cualquier cosa, que le diera una sensación de pertenencia en ese lugar extraño. Recorrió el pasillo, abriendo puertas que revelaban habitaciones vacías, un pequeño salón de lectura, un baño con acabados de mármol. Hasta que llegó al final del corredor, donde una puerta doble, más grande que las demás, llamó su atención.

Probó el picaporte, esperando encontrar otra habitación vacía más. Pero la puerta no cedió. Estaba cerrada con llave.

Se acercó lo suficiente para asomarse por el pequeño vitral lateral, y lo que vio la dejó sin aliento, al otro lado del cristal se distinguía una cocina de proporciones profesionales, con hornos de última generación, encimeras de mármol impecable, ollas de cobre colgando en perfecta armonía, y una isla central que cualquier chef profesional habría considerado un sueño hecho realidad.

Una cocina completa, equipada con lujo, oculta al final de un pasillo que nadie parecía usar. Cerrada con llave.

Emma sintió que el corazón le daba un vuelco extraño, una mezcla de anhelo y desconcierto que no supo cómo interpretar todavía.

¿Por qué existía esa cocina, exactamente en esa ala de la casa donde la habían enviado a ella? ¿Y por qué, entre todas las puertas de esa mansión, era la única que permanecía cerrada bajo llave?

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