Mundo de ficçãoIniciar sessãoPasada la medianoche, Luca Moretti seguía despierto, como casi todas las noches desde que había asumido el control absoluto de Grupo Moretti. El sueño nunca había sido su fuerte; su mente insistía en repasar cifras, contratos, proyecciones de fusión, incluso cuando su cuerpo exigía descanso. Estaba sentado en el despacho privado contiguo a su habitación, revisando un informe financiero por tercera vez, cuando un aroma extraño comenzó a filtrarse por los conductos de ventilación de la mansión.
Al principio lo ignoró, asumiendo que se trataba de alguna imaginación producto del cansancio. Pero el olor persistió, y fue intensificándose minuto a minuto, mantequilla derritiéndose, un toque de vainilla, algo dulce y cálido que despertaba un hambre que Luca no sabía que tenía. Frunció el ceño, dejando el informe a un lado. La cocina principal de la mansión estaba cerrada a esas horas, y el servicio doméstico jamás cocinaba de madrugada sin autorización expresa. Se levantó, siguiendo el rastro del aroma con una mezcla de curiosidad y molestia creciente, hasta que sus pasos lo condujeron, casi sin que él lo planeara del todo, hacia el ala donde había instalado a Emma apenas unas horas antes. Ahí, filtrándose por debajo de la puerta cerrada de la pequeña cocina de servicio que Emma había descubierto sin llave, esa que solía usarse para preparar bandejas de té y aperitivos menores, mucho más modesta que la cocina principal, pero suficiente para sus propósitos improvisados, salía una luz cálida y el sonido inconfundible de utensilios en movimiento. Luca abrió la puerta sin llamar, dispuesto a poner fin de inmediato a cualquier comportamiento que considerara fuera de lugar. Y ahí estaba ella. Emma llevaba el cabello recogido en un moño desordenado, las mangas de su bata subidas hasta los codos, y una expresión de concentración absoluta mientras vertía una masa dorada en un molde. La pequeña cocina, que Luca apenas recordaba haber visitado en años, estaba iluminada únicamente por la luz sobre la estufa, creando una atmósfera casi íntima que él no supo cómo procesar de inmediato. —¿Qué cree que está haciendo? —preguntó, con una voz más dura de lo que había planeado, tal vez para compensar la incomodidad extraña que sentía al encontrarla ahí, tan a gusto en un espacio que él consideraba territorio ajeno a ella. Emma se sobresaltó, pero no soltó el molde que sostenía entre las manos, ni derramó una sola gota de la masa. —No podía dormir —respondió, sin la sumisión que Luca esperaba de alguien sorprendida infringiendo las reglas —Encontré esta cocina sin llave. Supuse que no habría problema en usarla, ya que no está prohibida explícitamente en el contrato. La mención del contrato golpeó a Luca de una manera que no esperaba. Había redactado esa cláusula sin pensar demasiado en las implicaciones reales, sin considerar que existiera una cocina de servicio, más pequeña y menos vigilada, que técnicamente escapaba a la prohibición literal del documento. Emma, evidentemente, sí lo había considerado. —La cláusula se refiere a cualquier actividad culinaria dentro de las residencias Moretti —dijo, aunque incluso mientras lo pronunciaba, sintió que el argumento sonaba más débil de lo que hubiera querido. —Entonces debería haber sido más específico al redactarla —replicó Emma, sin apartar la vista del horno, donde algo terminaba de cocinarse con un aroma que ya invadía por completo la pequeña habitación. Luca se quedó sin respuesta inmediata, algo que no le sucedía con frecuencia. Estaba acostumbrado a que las personas cedieran ante su autoridad casi instantáneamente, que bajaran la mirada y se disculparan, que buscaran su aprobación con la desesperación de quien depende de él para algo importante. Emma, en cambio, seguía moviéndose por esa cocina con una seguridad tranquila que contradecía completamente la imagen que él se había formado de ella durante la reunión en la torre Moretti. —Es tarde —dijo finalmente, cruzándose de brazos, intentando recuperar el control de la situación — Debería estar durmiendo, no desobedeciendo acuerdos legales por un capricho. —No es un capricho —respondió Emma, abriendo el horno con un guante improvisado hecho de un paño doblado varias veces, ya que evidentemente no había encontrado guantes apropiados en esa cocina secundaria —Es lo único que me ayuda a pensar cuando todo lo demás se siente fuera de control. Sacó del horno un molde pequeño, dorado en su superficie, del cual emanaba un aroma tan intenso que Luca sintió que el estómago le protestaba, recordándole que había olvidado cenar, ocupado como estaba con los informes financieros de la fusión. Emma dejó el molde sobre la encimera para que se enfriara, y por primera vez desde que Luca había entrado, ella lo miró directamente, con una expresión que mezclaba cansancio y una especie de desafío tranquilo. —¿Va a reportarme con su abogado, señor Moretti? —preguntó, con un tono que Luca no supo si era sarcástico o genuinamente resignado—¿O hay alguna cláusula adicional sobre postres de medianoche que olvidó mencionarme? Luca abrió la boca para responder con algo cortante, algo que reafirmara su autoridad sobre esa situación absurda en la que se encontraba, de pie en pijama en una cocina de servicio a la una de la madrugada, discutiendo tecnicismos legales con la mujer con la que se había casado esa misma mañana sin haberla mirado siquiera a los ojos durante la ceremonia. Pero el aroma que desprendía ese postre recién horneado era tan avasallador que las palabras se le atascaron en la garganta. Era un olor cálido, complejo, con notas de canela y algo cítrico que no lograba identificar del todo, mezclado con el dulzor profundo de un caramelo bien logrado. Su estómago protestó de nuevo, esta vez con más insistencia, delatando el hambre que llevaba horas ignorando. Emma pareció notar el conflicto interno reflejado en su rostro, porque algo cambió en su expresión, la tensión inicial dio paso a un destello casi imperceptible de diversión. —Es un flan de naranja con caramelo de canela —dijo, cortando un pequeño trozo con una precisión que delataba años de práctica —Nada elaborado. Solo lo que encontré disponible en la despensa sin llamar demasiado la atención. —No tiene que explicarme nada —respondió Luca, aunque su voz ya había perdido buena parte de la dureza inicial. —No lo estoy explicando por usted —dijo Emma, colocando el trozo cortado en un pequeño plato —Lo estoy explicando porque me gusta hablar de lo que cocino. Es una costumbre que no pienso abandonar solo porque a usted le incomode. Luca la observó servir ese pequeño trozo con una delicadeza casi ceremonial, como si aquello no fuera simplemente un postre improvisado a medianoche, sino algo que ella tomaba genuinamente en serio, más allá de cualquier circunstancia adversa. Sintió una curiosidad extraña despertándose en su interior, algo que no lograba identificar del todo y que, de inmediato, decidió atribuir simplemente al hambre acumulada durante el día. —Debería estar prohibido que huela tan bien algo que se supone no debería existir en esta casa —murmuró, más para sí mismo que para ella, acercándose sin darse cuenta un paso más hacia la encimera. Emma alzó una ceja, sorprendida quizás por ese comentario que sonaba, contra toda intención de Luca, casi como un cumplido velado. —¿Quiere probarlo? —preguntó, empujando el plato ligeramente hacia él, con una expresión que desafiaba a Luca a mantener su fachada de indiferencia absoluta ante algo tan simple como un postre. Luca dudó un instante, consciente de lo absurdo de la situación, el hombre más poderoso del continente, de pie en pijama, considerando si aceptar o no un trozo de flan preparado a escondidas por la esposa que había jurado mantener a distancia. Pero el aroma seguía ahí, envolviéndolo, y su cuerpo, cansado y hambriento, terminó por imponerse sobre cualquier resistencia racional que su orgullo pudiera ofrecer. Tomó el pequeño tenedor que Emma le extendía, cortó un trozo minúsculo del flan, casi como si aún pudiera fingir que aquello no significaba nada, y se lo llevó a la boca. El sabor lo golpeó de inmediato, complejo y perfectamente equilibrado, el dulzor profundo del caramelo entrelazado con el toque cítrico de la naranja, la calidez sutil de la canela envolviéndolo todo con una textura tan suave que se deshacía casi antes de poder masticarla del todo. Luca se quedó completamente inmóvil, el tenedor todavía suspendido a medio camino entre el plato y su boca, incapaz por un instante de encontrar una sola palabra que decir.






