El olor metálico de su propia sangre le llega antes que el escozor de la gasa que Ruby pasa sobre el corte de su ceja.
Kenneth aprieta los dientes, pero no emite ni un sonido.
No va a darle a nadie, ni siquiera a ella, la satisfacción de verlo quejarse.
—Te dejaste provocar —dice Ruby, su voz baja pero afilada. Está de pie junto a él, con el uniforme manchado de rojo, inclinada sobre su rostro para desinfectarle la herida—. Justo lo que él quería.
Kenneth suelta una carcajada seca, sin humor.