Lucy atravesaba los pasillos del hospital con paso rápido, su bata ondeando tras ella como una sombra blanca que no lograba seguirle el ritmo al corazón.
Le dolía cada músculo del cuerpo después de la noche anterior con Sawyer, pero no le importaba.
Cada punzada en sus piernas, cada eco en sus costillas, era un recordatorio de que él estaba libre, de que por fin lo había recuperado.
Después de tanto dolor, de tantas lágrimas, de tanta incertidumbre, ahora podía respirar.
Por eso se aferraba