Horas más tardes, sentada en uno de los sofás de terciopelo de la casa de su familia, se encontraba Jade con las manos entrelazadas sobre su vientre, acariciando lentamente a sus bebés mientras rememoraba el encuentro de ese día. Había llegado el momento de contárselo a su madre, la cual permanecía en silencio, observándola con una paciencia que solo las madres podían tener.
Era evidente para Natalia que algo le ocurría a su hija, pero era muy sabia al saber que debía esperar a que ella se lo c