Horacio se la quedó mirando fijamente a la espera de una explicación un poco más convincente, que el hecho de que había ido hasta su casa para pedirle matrimonio.
Aquello no podía ser cierto.
Se negaba a creer una locura semejante.
—Tu madre tiene razón —comenzó Diana con el corazón palpitando arrítmicamente—. Estoy aquí porque… deseo que nos casemos.
—¿Y por eso llevas un vestido de novia, Diana? Tenía entendido que te casabas hoy, aunque, evidentemente, eso no era conmigo —la aspereza de su