Cuando Horacio vio llegar a Diana a la mañana siguiente, supo que algo en su cita había salido mal.
La mujer trató de disimularlo, pero había una tristeza embargando sus delicadas facciones que no podía ser ocultada. Mucho menos para él, quien la conocía tan bien.
—Diana —intentó acercarse para averiguar qué le sucedía, pero la joven lo repelió como a la peste.
—No te atrevas a acercarte a mí —rugió con desdén.
Sus pasos eran inestables y sus puños estaban tan apretados que sus nudillos se to