Christopher
La carpeta de cuero marrón descansaba sobre mi escritorio como un objeto maldito. Llevaba dos días evitándola, fingiendo que no existía, que su contenido no podía alterar el frágil equilibrio que Emily y yo habíamos construido. Pero ahí estaba, con el sello del bufete de abogados de mi padre en la esquina, esperando a que tuviera el valor de enfrentarla.
El reloj marcaba las tres de la madrugada. La casa dormía en silencio, excepto por mí. Me serví otro whisky —el tercero de la noch