Parecía como si acabase de firmar su propia sentencia de muerte. Al menos así se sentía Damián después de tomar su mano.
La miró por unos momentos.
—¿De verdad no me recuerdas? —preguntó en voz baja, como si estuviera diciendo un secreto.
Ella frunció el ceño.
—No. No en realidad. Tus ojos se me hacen conocidos, pero nada más.
Bajó la mirada al agarre de sus manos y le recorrió un escalofrío solo por tocarla, así que lentamente la soltó. Se aclaró la garganta y negó con la cabeza. No tenía cas