Lo que Ciabel tenía en ese momento no era confianza: era adrenalina.
Verlo a los ojos, darse cuenta de la forma en la que la estaba viendo... simplemente la tenía hipnotizada.
Jamás en la vida la habían visto de la manera en la que él la estaba mirando. Ese hombre no era como los demás y bastaba nada más verlo para darse cuenta.
El susodicho ladeó la cabeza y sonrió.
—Tienes razón, tal vez debamos posponerlo por el momento —dijo un tanto divertido. Se cruzó de brazos.
—¿Y eso por qué? —Apoyó