Los latidos de Ciabel tendían a agitarse, pero esta vez lo interesante fue que el corazón de Damián iba a toda velocidad en ese momento.
Si la odiaba o no le tenía aprecio, por la manera en la que la veía y sus ojos brillaban, cualquiera hubiese dudado de aquella afirmación.
No entendía por qué alguien maltrataría a cualquier otra persona, ni por qué desearía hacerle daño a la madre de su hijo.
Le fascinó —tal vez más de lo que debía— la forma en la que esos ojos peculiares recorrieron su rost