Samuel tocó su ardiente mejilla con la mano.
Con calma, dijo:
—Xime, no deberías golpearme.
La herida en el pecho de Ximena se abrió, la sangre empapaba su ropa sin que ella pareciera sentirlo, dejando que fluyera por su piel.
—¿No debería?— Ximena rio y lloró al mismo tiempo, con los ojos inyectados en sangre y los dientes apretados, gritó: —¡Desearía matarte!
La mirada de Samuel cayó sobre la ropa ensangrentada de Ximena. Frunció el ceño involuntariamente.
—Xime, si tienes el poder para hacer