Leo se acercó a Liliana, quien estaba sentada en la cama sin moverse.
Su rostro pequeño estaba tan frío que no mostraba ninguna emoción.
Sus ojos carecían del brillo que solían tener.
Con el corazón apretado, Leo se acercó a Liliana y la abrazó con delicadeza.
—Liliana, no necesitas aguantarte, si quieres llorar, llora. Tu hermano está aquí.
La frente de Liliana descansaba en el pecho de Leo, su voz infantil sonaba ronca y débil.
—Leo.
—Um, aquí está Leo.
—¿Papá también está muerto, verdad?— La