Las palabras de Natalia dejaron a Rubén sin argumentos.
—¡Cállate! —rugió él—. ¡No tienes derecho a juzgar mi relación con Fiona!
Después levantó del suelo a Laura, que estaba cubierta de sangre por los golpes de Natalia, y se marchó sin volver la vista.
En cuanto Rubén salió, Elena reunió a los empleados de la casa. Todos tomaron lo primero que encontraron y subieron con aire amenazante.
—Fiona, Rubén ya se fue. Ahora no hay nadie que te proteja —dijo su suegra con odio—. Mataste a Leo y no pienso perdonarte. A partir de hoy, convertiré cada día que pases en esta casa en un infierno.
Alzó la barbilla para dar la orden. Los empleados se abalanzaron sobre Fiona y la ataron.
La arrastraron hasta la planta baja. Elena le dio una patada y la hizo caer en la piscina; luego la sujetó del cabello y le hundió la cabeza con todas sus fuerzas.
—Leo murió ahogado. ¿Sabes cuánto sufrió? Seguro que no. ¡No importa! ¡Hoy lo descubrirás!
Fiona aspiró agua helada y un dolor abrasador le recorrió el pecho.
Qué frío. Qué agonía. ¿Leo había sufrido de la misma manera? ¿Habría llamado a su mamá mientras luchaba contra las olas?
Cuando Fiona estaba a punto de asfixiarse, Elena la sacó del agua tirándole del cabello. Ella intentó respirar por instinto, pero apenas alcanzó a tomar una bocanada antes de que su suegra volviera a hundirla.
—¡Tú sabes nadar! ¿Por qué no te lanzaste al mar para salvar a Leo? —gritó Elena, desgarrada por el dolor—. No intentes engañarme. Sé que querías vengarte de Rubén. Lo odias porque te mintió y porque ama a Laura. ¡Por eso mataste a su único hijo para castigarlo!
Entre jadeos, Fiona esbozó una sonrisa amarga.
Ahí estaba la prueba: todos sabían que la mujer a quien Rubén amaba de verdad era Laura. El único que seguía engañándose a sí mismo era él, aferrado a la mentira de que solo sentía amor fraternal.
Elena se ensañó con Fiona. Cada vez que estaba a punto de asfixiarse, la sacaba del agua apenas uno o dos segundos y volvía a hundirla antes de que lograra respirar. Repitió la tortura varias veces. Cuando por fin la sacó del agua, Fiona empezó a toser con violencia y perdió el conocimiento.
—¡Ha aspirado agua! —gritó alguien—. ¡Hay que llevarla al hospital o podría morir!
Solo entonces Elena se detuvo.
Cuando despertó, estaba en una habitación del hospital. Rubén permanecía sentado junto a la cama. Tenía ojeras, el cabello revuelto y un aspecto agotado, muy distinto del aire autoritario e inaccesible que solía mostrar ante los demás.
—Fiona, por fin despertaste.
Al verla consciente, la tensión en el rostro de Rubén cedió. Le tomó la mano con evidente dolor.
—Perdóname. Fue mi culpa. No supe protegerte. Ya castigué a los empleados y regañé duramente a mi madre. No volverá a molestarte.
Fiona sintió un frío profundo. Había estado a punto de morir y Rubén se había limitado a reprender a su madre. Ni siquiera había considerado contar la verdad.
Si había algo en lo que Rubén nunca fallaba, era en encontrar una nueva forma de decepcionarla.
—Está bien.
Fiona cerró los ojos, sin ganas de añadir nada. Su indiferencia inquietó a Rubén.
De pronto, las palabras que Natalia le había gritado durante el día resonaron en su mente. Cerró los puños, invadido por una profunda inquietud, y volvió a tomar la mano de Fiona.
—Llevo un día y una noche cuidándote y no he comido nada. Volvió a dolerme el estómago. ¿Podrías prepararme ese caldo?
Fiona tenía la pierna izquierda enyesada, una vía intravenosa en el brazo y heridas en casi todo el cuerpo.
Las pupilas de Rubén se contrajeron y se corrigió enseguida.
—No tienes que hacerlo tú. Solo dime qué hacer. De ahora en adelante, cambiaremos nuestra forma de vivir: yo cuidaré de ti. ¿Te parece?
Ella ni siquiera se dignó a mirarlo. Le dio la espalda.
—Tienes la receta. Prepáralo tú mismo.