Capítulo 7
Antes, bastaba con que Rubén dijera que le dolía el estómago para que Fiona abandonara lo que estuviera haciendo y le preparara el caldo.

Una vez incluso se fracturó un brazo en un accidente laboral. Aunque lo tenía enyesado, se metió en la cocina para prepararle el caldo cuando él se sintió mal.

Ahora, en cambio, Fiona le daba la espalda y solo le ofrecía su silencio helado.

La frialdad de Fiona terminó por desbordarlo.

—¿Por qué últimamente eres tan fría conmigo? Antes no eras así.

Ella siguió de espaldas.

—¿Antes? ¿No decías siempre que te fastidiaba? Ya dejé de molestarte. ¿Qué más quieres?

La respuesta lo dejó sin palabras.

Fiona solía estar pendiente de él. Le preguntaba adónde iba y se interesaba por todo lo que hacía. Rubén decía que lo agobiaba y que sus celos eran absurdos. Más de una vez la había reprendido:

—¡Hasta te pones celosa de mi hermana! ¿No te da vergüenza?

Ahora ella por fin había cumplido su deseo: ya no lo perseguía ni se entrometía en su vida. Entonces, ¿por qué le dolía tanto?

—Sé que todavía estás enojada por lo de Leo —dijo Rubén con un suspiro—. Créeme, voy a compensarte. Tenemos toda una vida por delante y me sobra tiempo para recuperar tu amor.

Se inclinó y la besó con suavidad en la frente. Después se marchó.

No sabía que, apenas salió, Fiona recibió dos mensajes.

El primero provenía del Registro Civil: "El divorcio ha quedado formalizado. Puede recoger su copia del acta en el Registro Civil".

El segundo era de la Agencia Nacional Aeroespacial: "El Proyecto Ascensor Lunar comenzará oficialmente mañana. Envíenos su ubicación y organizaremos su traslado".

Fiona respondió con la dirección del Registro Civil y acordó que la recogieran allí a primera hora de la mañana. Después contempló ambos mensajes durante unos instantes y sonrió con alivio.

Por fin había llegado el día de partir.

Pero antes debía hacer algo.

Contra la recomendación médica, Fiona pidió que le retiraran la vía y firmó el alta voluntaria. Después se levantó y, apoyada en las muletas, avanzó con enorme dificultad hasta la habitación de Laura.

Era de noche y, por una vez, Rubén no estaba allí. Mejor así. Su presencia solo habría complicado las cosas.

—¿Qué haces aquí? —Laura abandonó su acostumbrada expresión indefensa y la miró con desprecio—. ¿Viniste a buscar a Rubén? Qué pena das. Estás destrozada y él ni siquiera te cuida. Yo apenas tengo unas heridas superficiales y, aun así, pasa noches enteras a mi lado, sin apartarse de mí ni un instante.

Esbozó una sonrisa triunfal.

—Si no le hubiera exigido que me cocinara porque me dolía el estómago, todavía estaría conmigo. Llevan años casados. ¿Alguna vez cocinó para ti?

Fiona no respondió. Ya no le importaba competir por el cariño de Rubén. Solo quería resolver una duda.

—Quiero saber la verdad. Aquel día llevaste a Leo a surfear. ¿Se cayó de la tabla por accidente o tú lo empujaste?

Laura soltó una carcajada descontrolada.

—¿De verdad quieres saberlo? Te advierto que quizá no soportes la respuesta.

—La soportaré —dijo Fiona, apretando los dientes.

La sonrisa de Laura se ensanchó.

—¿En serio? Entonces te contaré algo: Rubén también estaba allí.

Hizo una pausa para saborear el golpe.

—Una ola nos tiró a los dos al agua. Rubén nadó hacia mí sin dudarlo, mientras tu pobre hijo desaparecía bajo las olas.

La revelación dejó a Fiona sin aire. Por un instante, todo a su alrededor pareció desdibujarse.

¡Rubén había estado presente cuando ocurrió el accidente de Leo!

—¿Sabes qué es lo más gracioso? —Laura seguía riendo—. Él sabía que yo sé nadar y, aun así, vino a salvarme primero. Para Rubén, tú y tu hijo juntos valen menos que yo.

Las lágrimas nublaron la vista de Fiona. Se juró que aquella sería la última vez que lloraría por Rubén.

Se secó el rostro y salió del hospital con las muletas. Caminaba despacio y con dificultad, pero siguió adelante.

Rubén, no tenemos ningún futuro juntos. No volveremos a encontrarnos jamás, ni en esta vida ni después de la muerte.

Fiona tomó un taxi hasta las inmediaciones del Registro Civil. Como aún estaba cerrado, aguardó hasta la mañana en un lugar cercano. En cuanto abrió, recogió su copia del acta de divorcio.

Guardó la suya y pidió a un funcionario que enviara la de Rubén a la residencia de los Rivas.

Cuando terminó, esperó frente al Registro Civil hasta que llegó el vehículo oficial todoterreno enviado por la Agencia.

Subió sin vacilar. Luego sacó el celular y publicó en internet la grabación de su conversación con Laura.

La noche anterior, cuando había ido a enfrentarla, activó la grabadora a escondidas.

Fiona no tenía pruebas suficientes para conseguir que la justicia responsabilizara a Laura o a Rubén. Por eso, dejaría que la opinión pública los juzgara.

Era lo único que todavía podía hacer por Leo antes de marcharse.

Después apagó el celular y lo entregó al personal de seguridad. El vehículo se alejó, llevándola hacia una nueva vida.

Por fin era libre.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App